El unico modo

para atreverse a cambiar el mundo

COMO SE ABATEN LOS REGÍMENES

Los acontecimientos actuales de la “periferia del Imperio”, que en estos momentos tienen sus puntos culminantes en Ucrania y Venezuela y una tregua momentánea  en Siria, se pueden explicar -parcialmente en nuestra opinión- por las manipulaciones que la “cresta del Poder” mundial practica. He encontrado en este esclarecedor artículo que reblogueo, un lúcido análisis de las publicaciones de Gene Sharp, hasta hace algunos años oscuro agente de inteligencia, y de sus implicancias en las “insurrecciones revolucionarias” que se están llevando a cabo. Su autor, G. Chiesa, es uno de los pocos “relictos vivos” de la, hoy por hoy, extinta izquierda europea.

COMO SE ABATEN LOS REGÍMENES

De Giulietto Chiesa – 18 de febrero 2012 – Megachip

Famosa fotografia de plaza “Tien An Men” en 1989

Raramente escribo reseñas. Generalmente, cuando no estoy obligado a hacerlo por razones de conveniencia, o para satisfacer las pretensiones de autores muy insistentes, escribo sobre libros que me gustan, o que quiero proponer a otros lectores porque creo que sean útiles, o porque ofrecen puntos de vista originales.
En este caso el libro en cuestión no me ha gustado para nada. Más bien me ha parecido irritante. Su autor es sustancialmente un pobre, intelectualmente hablando se entiende, que sale fuera como un pollito empapado de ideología – entendida como falsa conciencia – de la lavadora del pensamiento único. Un exegeta, pues, del Matrix en que ha vivido, completamente incapaz de ver sus límites. Una especie de protagonista del “Truman show”, pero privado de cualquier posibilidad de redención.
¿Entonces por qué escribo sobre ello? Porque – como habría dicho Leonardo Sciascia – el contexto que representa es extraordinariamente interesante, rico de informaciones sobre como se piensa, qué es lo que se piensa, como se actúa en los centros de la subversión, esos lugares donde se elaboran las verdaderas estrategias y tácticas revolucionarias de los tiempos modernos. Tiempos en los que, para ser exactos, las revoluciones las hace el Poder, no los revolucionarios de un tiempo, no los míticos anarquistas, no los pueblos, no los partidos, no los soviet, o como quiera que se hayan llamado en pasado, hasta el siglo XX incluso.
Y a este punto es oportuno hacer una serie de consideraciones que no son marginales. Quizás sea útil para aquellos lectores que todavía piensan, precisamente, según las categorías de los tiempos que fueron; de aquéllos que, no estando al día, no habiendo hecho ningún esfuerzo para entender cuáles son los cambios que han intervenido en las relaciones de fuerza, en las dinámicas económicas y sociales, en los sistemas de información y comunicación, en las tecnologías de la manipulación, siguen aplicando las teorías revolucionarias de la época de las luchas de clase tal como fue descrita, y creada, a partir de la revolución francesa.
Pero estas consideraciones marginales, que son la razón verdadera por la que escribo estos renglones, podrían servir quizás también para los que no son revolucionarios, y no tienen intención de serlo, sino que simplemente nunca han probado a medirse intelectualmente con el problema del Poder. Y, estando totalmente impreparados para hacerlo, no son capaces de entender como el Poder actúa para mantenerse a si mismo. Con que ferocidad, un Poder – que es más feroz cuanto más grande sea su poder – usa los instrumentos de los que dispone. El Poder no es nunca “amateur”. Es una profesión. Y siempre actúa por la vida o por la muerte.
Los intelectuales a menudo son propensos a razonar proyectando sobre los demás su visión del mundo. Cuando lo hacen con personas que no tienen poder siempre crean problemas, pero a veces estos problemas son de segunda importancia, porque las personas normales no tienen poder. Pero cuando esta proyección se ejerce con respecto al Poder, puede volverse desastrosa, sea para quién la hace (es decir para los intelectuales mismos), sea para quién cree en ellos, es decir para los lectores de sus libros, de sus escritos, de sus artículos, de sus conferencias.
Si por lo tanto tú trataras de describir una lucha política del Poder contra sus antagonistas como si fuera una partida de cartas, probablemente acabarás mal (sobre todo si estás de la parte de los opositores del Poder), el cual no juega a las cartas, si se siente en peligro: líquida, descalifica, excluye, si es necesario mata. Este detalle escapa a la mayor parte de los intelectuales y a casi todos los periodistas. A quienes no se les escapa entre estos últimos  por lo general se ponen de parte del Poder y así dejan de jugar a las cartas también ellos. Los otros, los que son más estúpidos, siguen jugando a las cartas, lo cual a menudo resulta útil para impedir a todos los demás que entiendan lo que hace el Poder. Esto explica perfectamente porque el libro de Gen Sharp ha sido escrito: para ellos.
Obvio que con esas categorías interpretativas autoreferentes, no sólo no se puede ganar nada, sino que tampoco es posible entender quien ataca y quién se defiende, dónde es el campo de batalla, quiénes son los contendientes. Cuando se discute con estos huérfanos de la razón política no es difícil darse cuenta, por ejemplo, de que este vacío casi absoluto de análisis, a menudo les lleva a creer que están en la ofensiva de inexistentes contiendas, mientras que en cambio están sufriendo derrotas clamorosas en los campos reales dónde la batalla está en curso, pero dónde ellos no están. Precisamente porque están en otro lado. Lo que ven estos modernísimos Don Quijotes son los molinos de viento. La diferencia entre ellos y su prototipo consiste en un solo , enorme detalle. El Quijote de la Mancha soñaba por su cuenta. Estos han sido hipnotizados por el Poder que les lleva de la mano a donde quiere.
El libro es, en sustancia, la descripción de como el imperio, moribundo, se vuelve subversivo para defenderse. Es un manual de la “revolución regresiva”: la única revolución existente, que marcará las últimas décadas que preceden al crash final de este sistema, el cual, no teniendo ya futuro, se ve obligado a pensar hacia atrás. Y lo hace utilizando el último instrumento que tiene a disposición: las tecnologías. Por este motivo consigue aparecer moderno a los ojos de millones de jóvenes, que – inmersos como están en la Gran Piscina de los Sueños y de las Mentiras – no son capaces de mirar “afuera” y ver la complejidad de la manipulación a la que están sometidos.
El autor se llama Gen Sharp y no es un muchachito, visto que nació en el 1928. Como haya vivido hasta hoy en día es un misterio. Basta consultar en Wikipedia su modesta carrera de subversivo.
Emerge como tal al final de una larga vida en la sombra, publicando un libro cuyo título original – “From Dictatorship to Democracy” – hace recordar a Francis Fukuyama, aquel del “fin de la historia”. El editor italiano es Chiarelettere, por otros aspectos benemérito, pero en este caso completamente deslumbrado por la ideología imperial.
Los confines de Matrix, como sabemos, son vastos y pegajosos. En la última portada el editor italiano nos informa que Sharp “es considerado entre los principales inspiradores de las revoluciones que están trastornando el mundo árabe”. Definición restrictiva. En realidad Gen Sharp (digamos su escuela de pensamiento, aunque llamarla de este modo haga sentir algún escalofrío por la espalda), es el inspirador de todas las exportaciones de la democracia americano-occidental de los últimos treinta años. Lo mismo de aquellas desencadenadas y vencidas, como de las intentadas y perdidas. Conviene recordarlo bien, porque a pesar de que el Poder sea el único revolucionario que existe, no está dicho que las revoluciones que intenta las gane todas. A veces las pierde. En todo caso Sharp es el profeta, precisamente, de las “revoluciones regresivas”. Por eso merece toda la atención de nuestra parte, de nosotros que somos sus víctimas, sus blancos.
Él, dice de sí mismo: “Estaba en Tien an men cuándo los tanques vinieron hacia nosotros” (La República, 17 de febrero 2011). ¿Entendisteis dónde estaba? Quizás era él aquel jovencito que paró la fila de tanques bajo el Hotel Pekín. Por lo que parece estuvo por todas partes. El estaba dondequiera que surgieran las revoluciones, como los champiñones, especialmente después de la caída de la unión Soviética. Indudablemente Gen Sharp era también aquel rudo picador que demolía a martillazos el famoso Muro de Berlín. Ha sido su paleta la que ha provisto los colores de las varias revoluciones de los últimos veinte años, desde Belgrado a Tirana, a Prístina a Kiev, a Tbilisi. Cuándo Gen Sharp no estaba presente de persona, parece entender que “inspiraba” de lejos.
El libro resulta traducido en casi treinta idiomas, seguramente en árabe, en ruso y en chino. Y se comprende el por qué, leyéndolo. Porque las centrales subversivas miran ya a Moscú y San Petersburgo, a Pekín y a Shanghai. Se comprende también que contenga alguna contradicción, como ocurre en todos los bestsellers. La tesis central del libro es que cada dictadura puede ser derrotada, “basta que la rebelión nazca del interior”. O bien: que parezca que nace del interior.
Hace pensar enseguida en Libia. Y, en nuestros días, en Siria, o incluso Rusia.
En efecto Gen Sharp explica enseguida que, para nacer del interior, si no llega por si sola, la rebelión tiene que “ser inspirada” por alguien. Así es: el libro de Sharp es un manual para formar a los “inspiradores”. Para ello – pero Sharp no lo dice – es suficiente tener mucho dinero, decenas y cientos de millones. En efecto, estas rebeliones ocurren por lo general – así ha sido hasta ahora – en los lugares dónde las rentas son bajas, más bajas, y dónde el dinero es el arma principal para “inspirar”. Sin este “diferencial” de riqueza, no hay inspiración que valga. Y la primera sugerencia que dar a los ingenuos que no conocen el Poder es justo la de preguntarse: ¿cómo es que los   “inspirados” que Gen Sharp busca están todos en los países que sufren de ese diferencial?
¿No será que, los que son “inspirados”, son los intelectuales de los países más pobres? Con las rentas de esos diferenciales se pueden financiar centenares y millares de becas, de masters  para profesores universitarios, que irán a las universidades británicas, americanas, francesas, alemanas, en los think-tanks occidentales, dónde serán educados en plena libertad a amar sólo los valores occidentales, y dónde verán abrirse autopistas para sus carreras futuras. En la patria después de la victoria, en el extranjero en caso de derrota. Y así se delinea la providencial ayuda del exterior. A este propósito, está en acción desde hace décadas, hay una poderosa red de instituciones específicamente destinadas, construidas, financiadas para ello.  Desde “Periodistas sin fronteras”, sólo por citar algún ejemplo, a los varios Carnegie Endowment for International Peace, a los Avaaz que recogen firmas sin cesar  y que a veces parecen de verdad centrales misioneras, moralizadoras, libertarias, ecológicas, verdes, en todo caso muy coloradas. Existen para ese mismo propósito radios como Free Europe, Radio Liberty, Deutsche Welle y más. Hay televisiones satelitales, un sin fin de sitos web, que son engordados de pequeños ejércitos de “inspiradores” del exterior, que transmiten incesantemente, proveen, animan, describen las luchas por los derechos humanos, por la democracia; qué fijan los plazos de las revoluciones, de las “primaveras”, de los anhelos a la libertad de empresa, al mercado.
Si, por ejemplo – como ha ocurrido recientemente – el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tiene que votar una resolución de condena al gobierno sirio que se encontrará con el veto de Rusia y China, he aquí que la “inspiración” llegará puntual a mover todos los medios de comunicación occidentales para que anuncien matanzas en varias ciudades sirias. Faltarán fuentes atendibles y confirmaciones, pero para ésto bastará  publicar los datos provistos por Avaaz, recogidos no se sabe cómo, o bien los de Al Jazeera y de Al Arabiya, cuya credibilidad ya es igual a la de la CNN, es decir igual a cero. No insistiría sobre todos estos aburridos detalles si no hubiera asistido de persona a las modalidades con las que han sido financiadas y organizadas las revoluciones coloradas en Yugoslavia, en Ucrania, en Georgia, en Checoslovaquia y aún antes con el maravilloso prototipo de Solidarnosc en Polonia, que tuvo como “inspirador” principal, bajo el perfil ideológico y financiero, nada menos que el Vaticano del beatificado, por este motivo, Karol Wojtyla.
Operaciones que, en el centro de Europa, siguen aún hoy alrededor de la “última dictadura”, la de Aleksandr Lukašenko en Bielorrusia, circundada por las radios y las televisiones que, pagadas por la Unión Europea, transmiten desde los territorios apenas conquistados del Prebaltico y de Polonia.
Naturalmente – será oportuno recordarlo para prevenir las lamentaciones de los que me acusarán de apoyar a los dictadores más o menos sanguinarios – en muchos de estos casos las represiones han existido y existen. Naturalmente la corrupción y la evidente ausencia de la democracia de algunos de aquellos regímenes existen y han existido. Naturalmente existen y han existido formas de resistencia de los derechos humanos que merecen toda nuestra solidaridad. Existen, combaten en condiciones desiguales contra un Poder que es más fuerte que ellos. Y es justamente sobre ellos que se entrena la “inspiración” de la que escribe Gen Sharp y que puede contar sobre la potencia inmensa del dinero, cuya cantidad es imposible de calcular; pero también sobre la ingenuidad de los destinatarios. Los cuales, obligados como están a la defensiva, son extraordinariamente vulnerables a las formas más sutiles, más inocentes, más “justificables”, de corrupción. Precisamente manejando esta trampa actúan los “inspiradores” como Gen Sharp y los financiadores se han acomodado sobre sus hombros.
Entonces lo primero que hay que hacer, para comprender lo que ha sucedido y que sucede en todos los países que se encuentran por debajo del diferencial de riqueza, es observar la evolución que tiene lugar justo en los movimientos de rebelión: es decir como son antes del tratamiento al que son sometidos por los “inspiradores”, y después. Este análisis revelaría curiosas semejanzas entre la transformación que sufrieron, por ejemplo, movimientos como “Otpor”, en Belgrado y en la ex Yugoslavia y la famosa y ya difunta “Revolución Naranja” en Ucrania. Se empieza con algún viejo ciclostil, y se llega a lo mejor a un contrato de enseñanza en Harvard. Resistir es difícil, por no decir imposible. Al principio son “inspiraciones”, que luego se convierten en órdenes, a las que es imposible resistir. Y cuánto más alto es el diferencial, más fácil es encontrar decenas, luego centenares, luego millares de sinceros, sincerísimos “inspirados.”
Hic Rhodus, hic salta*. Es aquí que hace falta tener el valor y la fuerza de distinguir los derechos sacrosantos que son violados, de los aprovechadores políticos externos (o también internos), que los utilizan para fines de conquista. Hay un criterio bastante simple para distinguir. Basta con conocer quien financia. Si, por ejemplo, hay buenas razones para pensar que sea la Arabia Saudí la que compra armas y alista ejércitos, entonces se puede estar seguros de que, apoyando una determinada revuelta, no se trabaja al servicio de la democracia y de los derechos, sino que se sustenta la barbarie y la opresión.
Te mostrarán el contrario, naturalmente. Es su profesión. Trabajan para ello, bien pagados, 24 horas al día, todos los días. Ejemplos ilustres de esta circunstancia son el UCK del Kosovo y la revolución siria. En el primer caso fue un ejército entero a ser organizado, financiado, instruido, apoyado por ríos de dinero procedente de Riyad, de Washington, de Berlín, de la Otan. Y no es casualidad si el gobierno de Prístina que ha emergido de todo ésto es una madriguera de criminales, cuyas manos ensangrentadas ahora son apretadas con fervor en Bruselas, con pleno ludibrio de todo derecho humano y de todo principio europeo de libertad y de respeto de los derechos humanos.
El otro ejemplo lo tenemos ante nuestros ojos en Siria, dónde la evidencia enseña un enredo complejo pero transparente de ayudas externas, a los rebeldes procedentes de Israel, de Turquía, de Arabia Saudí, de Estados Unidos de América. No se trata de unidades individuales, son centenares, y luego millares de sueldos, de prebendas, de consejeros, de expertos. Y luego, cuando no bastaran los consejos y se tuviera que recurrir a la fuerza, es el turno de los ejércitos mercenarios. Y, cuando éstos van al poder y vencen, sigue una larga estela de sangre, de violencias, de venganzas, de ilegalidad y de abusos.  Y, por consiguiente, se puede estar seguros que, en caso de caída del régimen de Bashar el-Assad, lo que vendrá después no será ciertamente el triunfo de la libertad y de los derechos humanos. Basta observar el caso, de nuevo, de Libia apenas liberada del “sanguinario” dictador Gheddafi y en poder de bandas criminales que ya lo eran antes de que empezara el conflicto y qué ahora son los dueños.
En pocas palabras, es suficiente aplicar la antigua regla del cui prodest (a quién beneficia?). Qué no es un criterio cierto al 100%, pero que funciona, en política, casi siempre. Obviamente usando normas de cautela elementales como la de prestar siempre atención que los organizadores de las provocaciones las construyen siempre utilizando justamente al revés el principio del cui prodest. Así, cuando os ocurra que os encontreis frente a un atentado terrorista cualquiera, bastará que analicéis bien – para desactivarlo – el cui prodest que se os ofrece en bandeja de plata. Por ejemplo cuando alguien asesinó a Vittorio Arrigoni y vosotros escuchasteis a todos los medios de comunicación, al unísono, la reivindicación de un no bien identificado “grupo salafita”, dotado de sitio internet y musiquilla revolucionaria árabe, debéis de pensar inmediatamente que los inspiradores fueron – hago un ejemplo al azar – los servicios secretos israelíes.
La edición italiana de Gen Sharp pone en carácteres más pequeños el título inglés y ofrece un nuevo título: “Como abatir un régimen”, y como subtitulo ofrece un compendio ideológico de cien toneladas de peso: “Manual de liberación no violenta”. ¿Como no aplaudir? Aquí, sumergidos en la melaza libertaria, se pueden entrever varios contenidos complementarios. El primero está clarísimo: nosotros somos la democracia, la libertad y la verdad. O sea que tenemos el derecho, o hasta incluso el deber, de insuflarla sobre los demás. Mejor dentro de los demás. Quienquiera que se oponga al triunfo de nuestros ideales es parte del “Mal”.
Los dictadores son todos feos y malos, y son todos los demás: los que contrastan al Bien. Quien no los combate con suficiente convicción es un aliado del Mal.
Por que existen dictadores, de dónde vengan, como se hayan formado, si tengan algunas legitimidades, si hayan sido un producto de la historia, quién los ha llevado al poder, si hayan sido nuestros amigos y aliados, si sean jefes de estado o gobierno reconocidos por las Naciones Unidas, si tengan por lo tanto derechos reconocidos por la comunidad internacional, si tengan razones que reivindicar, de carácter histórico o de emergencia, todas estas son cuestiones que no merecen ni siquiera ser tomadas en consideración. Son de hecho “opresores de pueblos”. Dichos pueblos, ipso facto, son reconducidos dentro de nuestro sistema de valores. Es decir que tienen nuestros deseos, nuestros impulsos, nuestras necesidades, nuestras aspiraciones. La historia, las distintas historias de los pueblos, como por encanto, quedan canceladas. Y para dar el siguiente paso inmediatamente, hace falta imaginar en su cabeza cual tendrá que ser la forma de gobierno que ellos tienen que tener.
El segundo contenido implícito es éste: ellos, los dictadores, son violentos; nosotros, los demócratas, tenemos que ser no violentos. Con tal que, naturalmente, el dictador no logre mantener sujeto a su pueblo. En el caso que lo logre, ya que nosotros hemos decidido que puede hacerlo sólo gracias a la violencia, entonces estaremos autorizados a ejercer a nuestra vez la violencia. O, mejor dicho, seremos autorizados a “inspirar” el uso de la violencia de parte de los oprimidos contra el “dictador” que, mientras tanto ya habremos definido “sanguinario”, autor de “matanzas indiscriminadas”. Y, sacando ventaja del diferencial a nuestro favor, incluso del mediático, habremos logrado hacer que predomine  nuestra narración de los acontecimientos en todo el mundo externo.
Es decir, si habrá violencia, será debida por completo a la “sacrosanta” reacción popular contra la “represión” del dictador. Se entiende que esta “sacrosanta” reacción popular será armada y organizada a través del diferencial de armas, municiones, organización, información, tecnología. Pero serán en todo caso los pacíficos manifestantes por la libertad los que las usarán contra el sanguinario dictador y sus secuaces. Y los muertos serán todos, indistintamente pacíficos ciudadanos, la población civil inocente. Implica, inútil recordarlo, que efectivamente la población civil muera en gran cantidad. Lo esencial es que las noticias y las filmaciones asignen exclusivamente la responsabilidad de las matanzas al dictador sanguinario y a sus secuaces. Qué a lo mejor son efectivamente secuaces y sanguinarios, pero que tendrán la mala suerte de ser considerados los únicos criminales que actúan sobre el terreno.
Será útil no olvidar que, mientras nosotros – que estamos en la parte alta del diferencial, y que leemos las crónicas desde nuestro observatorio- aplaudiremos a la revolución pacífica de los pueblos oprimidos por los feroces dictadores que nosotros tenemos bajo mira, otros dictadores, justo allí al lado, junto a sus secuaces sanguinarios, serán dejados en plena tranquilidad a que sigan oprimiendo a sus respectivos pueblos, con el placer, mientras lo hacen, de contar con nuestro más cordial apoyo y sostén. Este detalle – lo recuerdo de paso – siempre lo olvidan los intelectuales amantes de los derechos humanos que están alrededor nuestro y al lado nuestro. Y, si se lo haces recordar, se irritan acusándote de cambiar de tema. En efecto salir de la narración del “mainstream” (corriente principal y, por extensión, pensamiento dominante) significa, para ellos “cambiar de tema”. Y, pensándolo bien, para quien conoce sólo lo que cuenta el mainstream, salir de ello aunque sea por un instante significa cambiar de tema.
Pero procedamos más allá. A este punto el país abstracto que estamos considerando ya se encuentra en plena guerra civil. El movimiento de protesta ya ha recibido las necesarias instrucciones del manual de uso para golpear los “talones de Aquiles” de aquel determinado régimen. Porque Gen Sharp sabe perfectamente que cada régimen tiene sus talones de Aquiles que, si se localizan y se golpean bien, podrán hacerlo derrumbarse de repente.  Por alguna parte, posiblemente en un país limítrofe, ya se encuentra una vanguardia bien organizada, bien conectada con el interior, bien integrada con el sistema informativo occidental, capaz de usar de la mejor manera los social networks (todo bajo el control y la guía de los centros de análisis occidentales). ¿No habrá sido una casualidad si a comienzos del 2011, poco después del inicio de la llamada “primavera árabe”, Obama y Hillary Clinton convocaron justo a los chief executive officers de los principales social network, de Google, Facebook, Yahoo and companies?  Por la verdad esta última es una evolución tecnológica que Gen Sharp no incluye en su manual. El libro ha sido escrito antes de que se pudiera utilizar a gran escala y, bajo este punto de vista, aparece fechado.
Pero el manual de Sharp tiene un valor indudable, el de ayudarnos a entender bien los mecanismos tradicionales, los que han sido usados en las últimas décadas y que – podemos estar seguros – no saldrán de moda. Ahora en Siria, superada la fase de la mecha de la guerra civil, ya no es ni siquiera necesario fingir que, los que combaten, sean sólo los pacíficos manifestantes armados opositores del régimen de Bashar el-Assad. Ahora se dice abiertamente que centenares de agentes americanos, bajo la guía de David Petraeus, actual director de la CIA, están ocupados en reclutar en Irak a milicianos de las tribus limítrofes para que vayan a combatir en Siria. Lo mismo ocurre por la frontera turca, dónde actúan los contingentes militares procedentes de Bengasi, de Libia, a las órdenes de los líderes fundamentalistas islámicos que, con la ayuda de la OTAN, han hecho caer al régimen libio. Y, por la frontera libanesa, actúan las bandas del diputado de Beirut Jamal Jarrah, reclutador de mercenarios por cuenta de Arabia Saudí, hombre que hace de cremallera entre el principie Bandar, por un lado, y por el otro – a través del nieto Ali Jarah – los servicios secretos israelíes.
Como decir: por un lado camiones de dólares, por el otro los mejores consejeros militares y los más desarrollados sistemas de inteligencia de todo el Mediano Oriente. Añadamos las bandas de comandos que ya desde hace meses actúan dentro de las fronteras sirias, con el objetivo específico de matar a Bashar y a sus más estrechos colaboradores, de colocar bombas, de hacer saltar los oleoductos.
Todo el asunto sería evidente si los públicos occidentales lo supieran. Pero no lo saben, porque la crónica está escrita al contrario. Y los “derechos humanos” de la población siria han sido envueltos en el mismo sudario en el que queda amordazada toda verdad. Pero los intelectuales occidentales, junto a los periodistas, y junto a una cierta dosis homeopática de pacifistas, creen que saben. No son capaces ni siquiera de imaginar la existencia del sudario. Dictan sentencias con el aire de hacernos saber que a ellos “no se la juegan”. Creen ser más inteligentes – habiendo leído alguna novela policíaca, o hasta habiéndola escrito – que los profesionales que trabajan a tiempo completo de parte de un Poder que no está jugando a las cartas.
Así, se me ha ocurrido, usando otro juego, de probar un movimiento del caballo. Es decir de ir a ver, en retrospectiva, lo que ocurrió, hace unos veinte años, en Lituania. También allá arriba, muy lejos del Medio Oriente, hubo un principio de guerra civil, cuando la unión Soviética estaba por caer. Los lituanos querían la independencia y tenían derecho de pedirla. Había un genuino movimiento popular que luchaba por ello. Fue suficiente un principio. Luego todo terminó con la derrota del imperio del Mal. Hubo unos veinte muertos en Vilnius, cuando las tropas rusas y la KGB ocuparon la torre de la televisión. La acusación cayó sobre Gorbachov, sobre los rusos, los malos de turno, que fueron acusados de haber disparado a sangre fría sobre la muchedumbre.
Ese episodio se convirtió en el momento fundante de la República independiente de Lituania, que ahora es uno de los 27 países de la Unión Europea. Pero ahora sabemos que toda aquella historia fue escrita por otras manos, muy diferentes de las del “pueblo lituano”.
Lo cuenta ahora Audrius Butkevicius, que luego se convirtió en ministro de defensa de la república, y que, aquel 15 de enero de 1991, organizó el tiroteo.
Fue una operación de servicios secretos, predispuesta, a sangre fría, con el objetivo de levantar la población contra los ocupantes.
Pido al lector que soporte la larga citación de la entrevista que fue publicada en mayo-junio del 2000 por la revista “Obzor” y que ha sido reeditada recientemente en el periódico lituano “Pensioner”. No será un esfuerzo inútil, porque está coronado por un precioso descubrimiento, que nos ayudará a entender muchas cosas del libro del que estamos hablando.
“No puedo justificar mi obrar frente a los familiares de las víctimas – dice Buzkiavicius, que entonces tenía 31 años – pero puedo hacerlo ante la historia. Porque aquellos muertos infligieron un doble golpe violento contra dos cruciales bastiones del poder soviético, el ejército y la KGB. Fue así que los desacreditamos. Lo digo claramente: sí, fui yo el que planeó todo lo que ocurrió. Había trabajado bastante tiempo en el Instituto Einstein, junto al profesor Gen Sharp, que entonces se ocupaba de lo que se definía defensa civil. En otras palabras se ocupó de guerra psicológica. Sí, yo proyecté la forma de poner en dificultad al ejército ruso, en una situación tan incómoda como para obligar a cada oficial ruso de avergonzase de si mismo. Fue guerra psicológica. En aquel conflicto nosotros no habríamos podido vencer con el uso de la fuerza. Esto lo teníamos muy claro. Por esto yo hice de modo de trasladar la batalla sobre otro plano, el del enfrentamiento psicológico. Y vencí”.
Dispararon desde los techos cercanos, con fusiles de caza, sobre la muchedumbre inerme. Como han hecho en Libia, como han hecho en Egipto, como están haciendo en Siria.
Ahora habéis entendido. Gen Sharp estaba allí, en espíritu. Fue él el que enseñó a Buzkiavicius como vencer, “trasladando la lucha sobre el plano psicológico”. Lástima que, en la calle, murieron 22 personas inocentes. ¿Pero, “frente a la historia”, que pretenderán nuestros defensores de los derechos humanos?
Es decir que el libro de Sharp hay que leerlo bajo con otra interpretación. Y, bajo esta luz, es una obra genial. Ha sido escrito justo para las jóvenes generaciones, que carecen totalmente de toda memoria histórica, que ya están homologadas por las televisiones, entrampadas en los social network, que no han hecho nunca política, que están en ayunas de cualquier forma de organización. Por este motivo está escrito con desconcertante sencillez, para ser comprendido por un chico o una chica de la escuela media: para introducirlos en la lucha política y psicológica que los tiempos modernos han hecho posible, pero de modo tal que sean instrumentos incapaces de entender lo que hacen y para quien trabajan. Es un manual para organizar la “revolución” desde el interior, de todos los países “otros” con respecto de América y Europa; para armar, con la “no violencia” las quintas columnas que tienen que hacer caer a todos los regímenes que son externos al “consenso washingtoniano.”
Esta operación tiene sólo un “talón de Aquiles”. Que se podría ver, como si fuera fosforescente, apenas se rasgue la cortina principal: el axioma indiscutible que “nosotros somos la democracia”. Porque entenderíamos todos que la rebelión “no violenta” que Sharp sugiere, puede ser dirigida contra nuestros opresores “democráticos”, que han transformado la democracia en una ceremonia manipulatoria y sin sentido. Nosotros también podríamos actuar todas las sugerencias de Sharp: escarnecer a los funcionarios del régimen, hacer manifestaciones, boicotear ciertos consumos, ejercer la no colaboración generalizada, actuar la desobediencia civil.
En realidad, si lo pensamos bien, gracias doctor Sharp, ya lo estamos haciendo. Sólo que no tenemos los mercenarios pagados con el dinero de EEUU. Y podemos citar también nosotros, como hace Sharp, al diputado irlandés Charles Stewart Parnell (1846-1891): “Uníos, fortaleced a los débiles entre vosotros, organízaos en grupos. Y venceréis.”
Sólo que esta democracia nuestra es mucho más solapada que las dictaduras. Y tenemos que saber que, cuando empecemos a abatirla, para construir una verdadera, a lo mejor volviendo a nuestra Constitución, no tendremos ningún ayuda del exterior.
http://www.megachip.info/tematiche/democrazia-nella-comunicazione/7755-como-él-derribar-el-regimi.html
* Hic Rhodus, hic salta: Latín. Aquí está Rodas, salta aquí!

 

El ciberespacio es el nuevo campo preliminar de batalla. En él se realiza el enfrentamiento ideológico que antecede al choque concreto y físico que lo sucede. Al respecto es muy esclarecedor el siguiente link:

http://www.rtve.es/noticias/20140221/protestas-venezuela-internet-vivo-tv-diferido/884244.shtml

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