El unico modo

para atreverse a cambiar el mundo

Archivos mensuales: mayo 2013

ODIO LOS INDIFERENTES

ODIO LOS INDIFERENTES de Antonio Gramsci (*)gramsci

El post de hoy está dedicado a uno de los textos “de combate” y de mayor fuerza emotiva que escribiera Antonio Gramsci en su juventud: “Odio los indiferentes”.  Porqué –se preguntarán los lectores- merece hoy ser recordado este texto y la  memoria de Gramsci ? .
A nuestro juicio él fue uno de los tantos hombres que emprendieron con honestidad y valor el camino de la búsqueda de un mundo mas humano y por eso construido conforme a la justicia.
Desde la perspectiva que nos brinda nuestro tiempo, podemos no coincidir con  algunas de sus elecciones; pero cuando las papas queman y una decisión se hace impostergable, coincidimos con él en que hay que tomar partido, hasta mancharse, o hasta jugarse la vida.
Ser socialista, y aún después comunista, era para la experiencia humana de su lugar y de su tiempo, una de las mas progresistas de las opciones posibles. Por ello Gramsci, que había adherido desde muy joven a la causa de los oprimidos se inscribió al partido Socialista y solo pocos años después se encontraría en la primera fila de los fundadores del Partido Comunista Italiano.
Cuando la historia lo colocó frente a la farsa sangrienta y trágica de la instauración del fascismo, también tomó partido y se contó entre los mas  vehementes opositores de Mussolini. Después de Giàcomo Matteotti, diputado socialista secuestrado y asesinado por los matones fascistas, seria Gramsci el segundo parlamentario alcanzado por la represión del régimen.
Hoy, como en los tiempos de Gramsci, estamos de nuevo delante de un proceso, esta vez ya no nacional sino global y aparentemente irrefrenable, orientado a anular las conquistas sociales del pasado, las libertades democráticas esenciales y los derechos humanos indispensables.
Pero las técnicas han cambiado. Hoy no se nos presenta la burda máscara gesticulante   de un Hitler o de un Mussolini. Ni siquiera en la versiòn devaluada de un Franco, un Pinochet o un Videla que con rostros beligerantes nos advierten de la “dureza” del régimen. Tampoco la sonrisa suficiente, paternal y acogedora de un Stalin o de un Mao o de un Papa,  cargadas de paternalismo y comprensión para los “errores ideológicos o doctrinales” de sus “camaradas o fieles” que siempre necesitan ser tutelados o castigados como niños, hijos de un padre castrador y autoritario.

maopapafraStalin

Hoy, el neo fascismo  burocrático  que se llama “Nuevo Orden Mundial (N.W.O.)” y que se está instaurando decidido desde los años 90,  asume un aspecto impersonal, inaprensible  y fantasmagórico.
Un comando central y anónimo dirige. Los políticos y los banqueros obedecen e implementan sus órdenes.  Pero los motivos o las causas son siempre oscuros, imprecisos: Asì nos repiten que “son las reglas del mercado o de la economía las que nos imponen los sacrificios”;  “nos  obliga el aumento del “spred” (margen de interés), “el país o su deuda han sido “declasados” por las agencias de rating“; “los controles son por la seguridad de los ciudadanos o de la nación”; “suspendemos los derechos civiles y las libertades esenciales porque estamos en estado de emergencia o porque hay que prevenir el accionar terrorista”, etcétera.
Este neo fascismo, igual que antes las potencias coloniales, lleva la guerra a todos los lugares donde tiene intereses económicos (o sea potencialmente a todo el mundo); pero los motivos que declara son siempre “humanitarios”, “anti dictatoriales”, “pacifistas”, verdaderamente hipócritas en definitiva. Posee también el ejército mas potente del mundo y su objetivo no son los otros bloques de poder, sino su propio pueblo, sobre el que tiene que imponer su dominio y la obediencia mas absoluta y mas impersonal .
En esta situación “kafkiana”, las personas son acorraladas, oprimidas, asfixiadas, por un sin fin de leyes, reglamentos, ordenanzas, prohibiciones, disposiciones, vencimientos, controles,…que las alienan de los bienes comunes, de los derechos esenciales, de la socialidad con los otros, pero sobre todo, del placer de vivir, de la convivialidad.  De este modo precipitan en el individualismo mas extremo, en la lucha incesante con sus pares, en el aislamiento, en la enajenación, la depresión, y en la neurosis.
Y los intelectuales ?  Como se comportan aquellos que tendrían que ser la vanguardia, los vigías del pueblo?   Muchos, sobre todo los que se consideran en “carrera”, los arribistas, se incorporan decididos al “stablishment” , convencidos o menos lo tutelan  -aun cuando nadie se los pida- ; adhieren al discurso único hegemònico y tratan de pasarla bien.  Este fue otro de los logros de la doctrina neo conservadora liberal, del pretendido “fin de la historia y de las ideologías”: enajenar los intelectuales de la causa popular y de la búsqueda de la justicia.
Pocos son, hoy en día, los intelectuales honestos que nos advierten, como otrora Gramsci, qué clase de peligro nos  amenaza; y por eso, con él, odiamos a los indiferentes.-

ODIO LOS INDIFERENTES

“Odio a los indiferentes. Creo, como Federico Hebbel(1), que “vivir quiere decir tomar partido”. No pueden existir los únicamente hombres, los extraños a la ciudad. (2) Quien vive verdaderamente, no puede no ser ciudadano y partidario. Indiferencia y abulia son parasitismo, son cobardía, no son vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el renovador, es la materia inerte en la que se ahogan los entusiasmos mas refulgentes. Es el pantano que rodea la vieja  ciudad y la defiende mejor que los muros mas sólidos, mejor que los pechos de sus guerreros, porque devora en sus vorágines limosas los atacantes y los diezma, y los desalienta, y a veces los hace desistir de su empresa heroica.

La indiferencia actúa potentemente en la historia. Actúa pasivamente, pero actúa. Es la fatalidad; es aquello sobre lo que no se puede contar. Es aquello que sacude los programas, que hace fracasar los planes mejor concebidos. Es la materia bruta que se revela a la inteligencia y la destroza. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto heroico (de valor universal)  puede generar no se debe tanto a la iniciativa de los pocos que actúan, cuanto a la indiferencia, a la ausencia de muchos. Lo que sucede, no sucede tanto porque algunos quieren que ocurra cuanto por que la masa de los hombres abdica a su voluntad, deja hacer, deja amontonar los nudos que después solo la espada podrá cortar. (3) Permite promulgar las leyes, que después sólo la revuelta hará abrogar. Deja subir al poder a hombres que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar.

La fatalidad que parece dominar la historia no es otra cosa que la apariencia ilusoria de esta indiferencia, de este estar ausentes. Los hechos maduran en las sombras, pocas manos, no vigiladas por ninguno, tejen la tela de la vida colectiva; y la masa ignora porque no se preocupa. Los destinos de una época vienen manipulados según la visión restringida, los fines inmediatos, de las ambiciones y pasiones personales de pequeños grupos activos que la masa de los hombres ignora porque no se preocupa. Pero los hechos que han madurado germinan; la tela tejida en la sombra llega a realizarse; y entonces parece que sea la fatalidad a atropellar a todos y a todo; parece que la historia no sea otra cosa que una calamidad natural; una erupción, un terremoto, del que son victimas todos: quién ha querido y quien no ha querido; quien sabia y quien no sabia; quien estaba activo y quien indiferente. Y este último se irrita, querría sustraerse a las consecuencias, querría que quedase claro que él no quería, que él no es responsable. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿ Si yo también hubiese hecho mi deber; …si hubiese tratado de hacer valer mi voluntad y mi opinión, habría pasado lo que ha pasado? Pero pocos o ninguno se culpan de su indiferencia, de su escepticismo, de no haber prestado sus brazos y su apoyo a aquellos grupos de ciudadanos que, justamente, para evitar tal mal combatían persiguiendo un bien en su lugar.

La mayor parte de ellos, en cambio, cuando los acontecimientos se han producido, prefieren hablar del fracaso de los ideales, de programas definitivamente fracasados y de otras similares cosas disgustosas. Renuevan asì su ausencia de cada responsabilidad. Y no porque ahora no vean claro en los acontecimientos; o porque a veces no sean capaces de imaginar bellìsimas soluciones a los problemas mas urgentes. Pero estas soluciones quedan bellamente infecundas, porque este contributo a la vida colectiva no esta animado de alguna luz moral; es el producto de mera curiosidad intelectual, no del urgente sentido de una responsabilidad histórica que quiere a todos activos en la vida; que no admite agnosticismos ni indiferencias de ningún tipo.

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos sobre  cómo han desempeñado la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente por delante; qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Tomo partido, vivo, siento en las conciencias viriles  de mis partidarios el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella la cadena social no pesa sobre unos pocos; en ella cada cosa que sucede no se debe ni al caso ni a la fatalidad, sino que es la obra inteligente de los ciudadanos. No existe en ella ninguno que se acode a la ventana a mirar mientras unos pocos se sacrifican, se desangran en el sacrificio, mientras que aquél que esta en la ventana, al acecho, pretende utilizar el mínimo bien que procura la actividad de aquellos pocos; y desahoga su desilusión vituperando al sacrificado, al desangrado, porque no logró su intento.

Vivo, tomo partido. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.”

11 de febrero de 1917

Traducción de: LA CITTA’ FUTURA” scritti 1917-1918, a cura di Sergio Caprioglio, Einaudi, ( 1977)

(1). Friedrich Hebbel, “Vivir significa tomar partido” pensamiento publicado en el “Grido del Popolo” del 27 mayo 1916.

(2) La ciudad a la que refiere Gramsci es la “polis” griega, de donde deriva la palabra política. De ahí ocuparse de la ciudad quiere decir ocuparse de su vida, de la política.

(3) Se refiere al nudo Gordiano, que nadie era capaz de deshacer. Alejandro Magno resolvió el problema cortándolo con la espada.

“La poesia es un arma cargada de futuro” poema de Gabriel Celaya en la interpretaciòn de Joan Manuel Serrat

(*)NOTA BIOGRÁFICA :

Antonio Gramsci (Ales, Cerdeña, 1891- Roma 1937) fue un político, periodista, escritor y filósofo italiano que se caracterizó desde su primera juventud por perseguir un pensamiento libre y la justicia social.

Estudiante de letras en la universidad de Turín, adhirió a la Federación Juvenil del Partido Socialista, para la que publicó algunos textos de formación política y de propaganda como el que hoy traducimos y presentamos. Fue exonerado del ejército a causa de un accidente de infancia que le comprometió la columna y la salud para toda su vida; pero no le ahorró  vivir los acontecimientos históricos impactantes del primer cuarto del siglo XX:  la 1ª guerra mundial, la revolución bolchevique, y el nacimiento del régimen fascista.

En 1921 fue uno de los principales promotores de la creación del Partido Comunista Italiano que nació como una escisión del Partido Socialista. La radicalizaciòn de izquierda seguía, simétrica, la del ala derecha del viejo tronco socialista que dio origen al partido Fascista de Benito Mussolini.

En abril de 1924 Gramsci fue elegido diputado al parlamento del entonces reino de Italia. El 26 de mayo de 1925 pronunció su primer y único discurso parlamentario contra el ex compañero de partido, y ahora Primer Ministro, Benito Mussolini. Con Mussolini_2_web--400x300indignación moral y con temerario coraje lo acusó de ser “el típico concentrado del pequeño burgués italiano, rabioso, feroz mescolanza de todos los residuos sociales dejados sobre el suelo nacional por tantos siglos de dominación extranjera y de los curas. No pudiendo ser el jefe del proletariado se transformó en el dictador de la burguesía, que ama los rostros feroces…”( ) Mussolini no le perdonaría jamás estas palabras.

En noviembre de 1926 Gramsci fue arrestado violando su inmunidad parlamentaria. Acusado de apología del crimen y actividad conspirativa, fue condenado, al margen de toda legalidad, por el Tribunal Especial Fascista en febrero de 1927 a 20 años, 4 meses y 5 días de reclusión. Así lo había solicitado el Fiscal acusador con una frase que pasaría a la historia: “Por veinte años tenemos que impedir a este cerebro de funcionar.”

La cárcel agravará el estado de salud siempre precario de Gramsci. De todos modos este se empeñará por continuar su trabajo intelectual plasmado en los famosos “Cuadernos de la Cárcel”. Desde lejos, Stalin también lo controlaba y lo temía debido a su anti dogmatismo y apertura intelectual.

gramsci-in-carcere

Foto del prontuario carcelario de Gramsci

Después de 10 años de prisión, sabiéndolo moribundo, el régimen le concederá la libertad vigilada prevista por el Código Penal en estos casos. Antonio Gramsci morirá el 27 de abril de 1937, a 46 años,  a causa de un derrame cerebral.

Fuentes:

1) http://www.treccani.it/enciclopedia/antonio-gramsci/#

2) http://www.antoniogramsci.com/cittafutura.htm

Anuncios

LA RED DEL CONTROL GLOBAL CORPORATIVO

Este post  corrobora las afirmaciones del precedente en el sentido de que existe un grupo o casta restringida  de personas que mantiene firmemente en sus manos las riendas de la economía global y, en consecuencia, el destino de los pobladores del planeta. Confirma, entonces, la opinión preponderante y muy difusa en la cultura de la red acerca de la existencia de un selecto grupo que complota o trama -a nuestras espaldas- el destino que todos deberemos soportar.

global738

Traducción y adaptación  de un articulo de  Stefano Battiston
En el  otoño del 2011 algunos investigadores científicos  suizos presentaron un estudio que publicaron en “New Scientist” que revela como un pequeño numero de bancos detiene el pleno control de una porción exagerada de la economía global. Este estudio, titulado: La red del control global corporativo” fue desarrollado en Zurich (Suiza) por un equipo formado por Stefania Vitali, James B. Glattfelder y Stefano Battiston. Consistía en un profundo análisis del database di marketing correspondiente al 2007 de la “Orbis” de Zurich. Fueron estudiados y analizados files de todo el mundo relativos a mas de 30 millones de operadores económicos. y comprendían empresas e inversores con sus relativas posiciones patrimoniales.
De los datos se deducía que unas 43.000 empresas multinacionales poseen las características definidas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (O.C.S.E.). Sin embargo, las mas importantes e influyentes son solamente 1.318, que poseen en común las siguientes tres características principales:
1.- Si se las suma entre ellas llegan a generar el 20% de la riqueza  mundial
2.- Se poseen las unas a las otras (probablemente también en sentido carnal entre empleados y dirigentes
3.- Existe un núcleo, llamado “Unidad Central” que posee todas las otras 43.000 multinacionales.
En síntesis, las sociedades mas influyentes forman parte de un gran “cartel” financiero, un verdadero monopolio que controla una “tela de arana” formada por otras 43.000 sociedades que compiten entre ellas solo aparentemente. Todas juntas generan otro 60% de la riqueza mundial total.
Y no concluye ahí. El 80% de las 1318 súper sociedades a su vez es controlado por un grupo todavía mas pequeño formado por solo 737 empresas. Pero de ellas, solamente 147 tienen en mano el 40% de la riqueza global. Esta manipulación económica se conoce como el “juego de las cajitas chinas” donde las sociedades mas grandes sirven de contenedores para otras mas pequeñas, asì hasta llegar a una o pocas que las contienen o controlan a todas.

multinazionali-cattive

Esta es la TOP 50, es decir la lista de las 50 compañías multinacionales de mayores dimensiones que expone el artículo y su país de origen.
En su versión integral (en inglés) se puede leer aquí. http://arxiv.org/pdf/1107.5728.pdf

1 BARCLAYS PLC GB 6512 SCC 4.05
2 CAPITAL GROUP COMPANIES INC, THE US 6713 IN 6.66
3 FMR CORP US 6713 IN 8.94
4 AXA FR 6712 SCC 11.21
5 STATE STREET CORPORATION US 6713 SCC 13.02
6 JP MORGAN CHASE & CO. US 6512 SCC 14.55
7 LEGAL & GENERAL GROUP PLC GB 6603 SCC 16.02
8 VANGUARD GROUP, INC., THE US 7415 IN 17.25
9 UBS AG CH 6512 SCC 18.46
10 MERRILL LYNCH & CO., INC. US 6712 SCC 19.45
11 WELLINGTON MANAGEMENT CO. L.L.P. US 6713 IN 20.33
12 DEUTSCHE BANK AG DE 6512 SCC 21.17
13 FRANKLIN RESOURCES, INC. US 6512 SCC 21.99
14 CREDIT SUISSE GROUP CH 6512 SCC 22.81
15 WALTON ENTERPRISES LLC US 2923 T&T 23.56
16 BANK OF NEW YORK MELLON CORP. US 6512 IN 24.28
17 NATIXIS FR 6512 SCC 24.98
18 GOLDMAN SACHS GROUP, INC., THE US 6712 SCC 25.64
19 T. ROWE PRICE GROUP, INC. US 6713 SCC 26.29
20 LEGG MASON, INC. US 6712 SCC 26.92
21 MORGAN STANLEY US 6712 SCC 27.56
22 MITSUBISHI UFJ FINANCIAL GROUP, INC. JP 6512 SCC 28.16
23 NORTHERN TRUST CORPORATION US 6512 SCC 28.72
24 SOCIÉTÉ GÉNÉRALE FR 6512 SCC 29.26
25 BANK OF AMERICA CORPORATION US 6512 SCC 29.79
26 LLOYDS TSB GROUP PLC GB 6512 SCC 30.30
27 INVESCO PLC GB 6523 SCC 30.82
28 ALLIANZ SE DE 7415 SCC 31.32
29 TIAA US 6601 IN 32.24
30 OLD MUTUAL PUBLIC LIMITED COMPANY GB 6601 SCC 32.69
31 AVIVA PLC GB 6601 SCC 33.14
32 SCHRODERS PLC GB 6712 SCC 33.57
33 DODGE & COX US 7415 IN 34.00
34 LEHMAN BROTHERS HOLDINGS, INC. US 6712 SCC 34.43 (cuando quebró en 2008 agravó la crisis que todavía hoy se prolonga sin resolverse…)
35 SUN LIFE FINANCIAL, INC. CA 6601 SCC 34.82
36 STANDARD LIFE PLC GB 6601 SCC 35.2
37 CNCE FR 6512 SCC 35.57
38 NOMURA HOLDINGS, INC. JP 6512 SCC 35.92
39 THE DEPOSITORY TRUST COMPANY US 6512 IN 36.28
40 MASSACHUSETTS MUTUAL LIFE INSUR. US 6601 IN 36.63
41 ING GROEP N.V. NL 6603 SCC 36.96
42 BRANDES INVESTMENT PARTNERS, L.P. US 6713 IN 37.29
43 UNICREDITO ITALIANO SPA IT 6512 SCC 37.61
44 DEPOSIT INSURANCE CORPORATION OF JP JP 6511 IN 37.93
45 VERENIGING AEGON NL 6512 IN 38.25
46 BNP PARIBAS FR 6512 SCC 38.56
47 AFFILIATED MANAGERS GROUP, INC. US 6713 SCC 38.88
48 RESONA HOLDINGS, INC. JP 6512 SCC 39.18
49 CAPITAL GROUP INTERNATIONAL, INC. US 7414 IN 39.48
50 CHINA PETROCHEMICAL GROUP CO. CN 6511 T&T 39.78

Obviamente son todos bancos o institutos financieros. Poseen todo, desde los principales sectores industriales, por ej. la industria bélica (uno de los mayores por la entidad del facturado 1.780 billones de Euro) , pasando por las compañías petrolíferas (colosos como “Exxon Mobil Corporation” o “Shell Group” pueden contar con un facturado que, en el 2008 ha rozado los 310 mil millones de Euro); continuando por las industrias farmacéuticas (cuyo mercado mundial se estima en 466 mil millones de Euro): las alimentarias (Nestlé por si sola factura 36.650 millones de Euro); en las telecomunicaciones AT&T factura unos 20 mil millones y Vodafone otros 13.800 millones; etc.
Si Cervantes, por boca de Don Quijote sentenció en los inicios del siglo XVII que “poderoso caballero es don dinero”, cuando la concentración de la riqueza estaba muy lejos de tener las dimensiones de la actual; hoy podemos hablar del “dios dinero”  o lo que es lo mismo: “de la mierda del diablo” como lo llamó Francisco de Asís refiriéndose a todo el mal que la inicua distribución de la riqueza-acumulada en forma de dinero- provoca.

mierda

En fin, la última pregunta que podemos hacernos es: Como se mueven todos estos colosos financieros si están controlados por la misma “Unidad Central”?  Que cada uno busque su respuesta.

Fuentes:

http://www.liquida.it/stefano-battiston/#_-_

http://www.stampalibera.com/?p=53742

http://www.orbis.ch/de/index.asp

EL PARASITISMO SOCIAL

ASOCIAMOS TRES CONCEPTOS QUE ABORDAN, CADA UNO A SU MODO, EL DIAGNOSTICO DE LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA SOCIEDAD MUNDIAL

1) EL PARASITISMO: parassitiEn la biologìa y en la sociedad.

El parasitismo es un tipo de relación entre dos organismos. Uno, llamado propiamente parásito, y otro llamado hospedante. El parásito se beneficia extrayendo sus nutrientes  del hospedante que se debilita.  El parasitismo es el tipo de relación  y el modo de vida característico de los parásitos. Estos organismos viven a costa de otros de los cuales se alimentan sin llegar a matarlos, aunque a veces si pueden hacerlo.
Con el parasitismo, uno de los organismos  – el que actúa como hospedador – sufre el debilitamiento de sus  aptitudes ante la acción del otro organismo  -el parásito – , que se beneficia logrando mejorar sus propias  aptitudes.
Los parásitos pueden vivir en el interior del hospedador y recibir el nombre de endoparásitos, o residir en el exterior y entonces se conocen con el nombre de ectoparásitos. Los parásitos que concluyen por matar al hospedador se denominan parasitoides.
lombriz solitaria tenia 1

Radiografía
con tenia

Puede definirse al parasitismo como un proceso que permite a un organismo de mejorar sus capacidades, principalmente la de supervivencia,  a costa de otro organismo, a quien utiliza para satisfacer sus necesidades básicas. Es importante destacar que el organismo que actúa como huésped o víctima inconsciente del parásito, se ve perjudicado por esta relación con la pérdida de muchas de sus capacidades.
A lo largo de las distintas generaciones el parasitismo termina generando transformaciones morfológicas y fisiológicas tanto en el hospedante como en el parásito,  ya que en  la interacción ambos se modifican en el sentido de la selección natural.
Todavía es muy interesante observar que los propios parásitos pueden convertirse, a su vez, en hospedantes de un tercer organismo, que recibe la denominación de hiperparásito. Se produce, en estos casos, una especie de cadena, donde el hiperparásito explota al parásito, y el parásito hace lo propio con el hospedador.
Los organismos huéspedes suelen desarrollar mecanismos de defensa para evitar el accionar de los parásitos. El mas frecuente es la producción de toxinas para disuadir a los parásitos.
lombriz solitaria tenia 11

Tenia

Es interesante notar además, que en la biología, el fenómeno del parasitismo es siempre entre especies distintas. Por ej. la “tenia” o “lombriz solitaria” es un parásito del hombre o de otros mamíferos. Pero jamás se da la situación de una especie que parasita a la propia especie, salvo en el caso de una; que como los lectores ya habrán imaginado es el de la especie humana.
Aquí no nos referiremos a los falsos parásitos o parásitos ocasionales, que son aquellos que se recuestan en las fatigas y esfuerzos de los otros, como el hijo adulto que continúa a vivir sin trabajar y con sus padres; o el empleado –por lo general público- que trata de hacer lo menos posible pero al cabo del mes pretende cobrar lo mismo que los otros que trabajaron también por él.
Sí nos referiremos aquí a los parásitos sistémicos, es decir a las instituciones y a los hombres que las controlan, que nacieron a causa de las primeras  diferenciaciones sociales y que fueron evolucionando a través de los siglos perfeccionando su parasitismo sobre el resto del cuerpo social.
Conscientes de que el tema es difícil porque interviene en él todo nuestro universo de pensamientos y creencias,  ofreceremos como una primera aproximación los dos videos que siguen. Solo queremos agregar: que el conocimiento y la reflexiòn con nuestras propias cabezas son las primeras herramientas (o toxinas) para liberarnos del parasitismo social.

 

 

2) LA CASTA EXTRACTORA

“Existe una “casta” que cultiva los pueblos explotándolos como verdaderas minas sociales de donde extraer mas del 80% de los recursos disponibles. No representan mas del 1% de la población mundial, pero logran mantener sus privilegios gracias a los inmensos yacimientos de recursos humanos. Al restante 99% de los ciudadanos del mundo se les exigen grandes sacrificios en nombre de una austeridad que ha sido planificada con esmero para salvar el poder económico concentrado en las manos de los bancos. Mas allá del hecho de favorecer a los propietarios de los bancos, estas medidas no tienen ninguna justificación teórica entre los economistas, ni siquiera entre los vencedores de premios Nobel, y menos que menos en la economía real.
Esta es la explicación de Miguel Angel Jiménez, portavoz de “DEMOCRACIA REAL YA”, una asociación que nació de los “Indignados” de España. También acusa a los políticos de practicar un sistemático engaño electoral, traicionando a sus electores, para favorecer los intereses de la “casta extractora”.
Por último, denuncia el hecho que a nivel mundial actualmente se emplea esta fórmula que utiliza cantidades masivas de dinero, separando la economía real de aquella especulativa., para extraer los recursos a las clases mas débiles y desfavorecidas utilizando los bancos y la casta política.
El objetivo final es consolidar el poder de la “élite extractora”  sojuzgando a los ciudadanos del planeta.

 

 

3) LA SERVIDUMBRE MODERNA:

En fin, incluimos un brillante documental de Jean François Brient, compaginado por Víctor León Fuentes, titulado:  “De la Servidumbre Moderna”, que interpreta a su modo la situaciòn actual. A cada quién la tarea de juzgar.-

Fuentes:

http://delaservitudemoderne.org/video-es.html

http://www.byoblu.com/post/2013/05/18/la-casta-estrattiva-che-coltiva-i-popoli.aspx

 

QUEMA DE LIBROS EN LA PLAZA DE LA OPERA DE BERLÍN

“Se inicia por quemar los libros y se concluye quemando las personas”.

                                                                                                                                      H. Heine

Arriba presentamos un film de la propaganda nazi en el que se espectacularizaba la
 quema de libros con el objeto de consagrar y legitimar una practica intolerante.

 

El 10 de mayo de 1933, estudiantes de la Universidad de Berlín, la capital de Alemania, estimulados por algunos jerarcas del partido nacionalsocialista (nazi), efectuaron una gran hoguera con libros para quemar –simbólicamente- a sus autores, culpables de la “decadencia espiritual y moral de la raza aria y de Alemania”.

Este fue uno de los episodios mas relevantes de la “censura de Estado” y de la intolerancia  ideológica, que en parte fue disfrazada como intolerancia hacia el hebraismo.  Las hogueras continuaron a repetirse en los días sucesivos,numerosas, en distintas ciudades de Alemania.

La quema de Opernplatz, en Berlín, consumió mas de 25.000 libros de autores considerados “decadentes” (*);y fue un espectáculo organizado en todos sus detalles que culminó con el discurso de Joseph Goebbels (Ministro nazi de la propaganda), que fue trasmitido en cadena por radio a todo el país e inmortalizado en la filmación que hemos propuesto.

En uno de los pasajes mas significativos de su discurso Goebbels sostenla : “Estudiantes, hombres y mujeres de Alemania, la era de un exagerado intelectualismo hebraico ha llegado a su fin.  El triunfo de la revolución alemana nos ha demostrado cual sera el camino de Alemania y del futuro hombre alemán.  No será un hombre de libros sino un hombre de carácter; en tal perspectiva y con tal fin queremos educarlos. Queremos educar a los jóvenes para que tengan el coraje de mirar directamente a los ojos impiadosos de la vida.  Queremos educar a los jóvenes para que repudien el miedo a la muerte con el fin de conducirlos a respetar la muerte.  Esta es la misión de los jóvenes y por eso hacen bien, en esta hora solemne, a quemar entre las llamas la basura intelectual del pasado.  Es una empresa fuerte, grande y simbólica; una empresa que demostrará al mundo entero que las bases intelectuales de la república de noviembre (**) se han derrumbado, pero también de que de sus ruinas surgirá victorioso el germen de un nuevo espíritu.”

Históricamente esta actitud anti intelectual no constituye un acto aislado, al contrario, forma parte de una cadena larguísima con innumerables eslabones que –por cuanto pueden registrar las crónicas históricas- inicia en la Edad Antigua con la destrucción de la biblioteca de Alejandría (Egipto) por obra sucesiva y concomitante  de romanos, hebreos, cristianos y musulmanes, fanatizados y abiertamente contrarios a la libertad de ideas y a la difusión de los conocimientos.

En las edades Media y Contemporánea, y en Occidente, el principal actor de la censura, la quema de libros, el oscurecimiento de las ciencias y del pensamiento; y del aniquilamiento de un número impresionante de seres humanos culpables de “crímenes de conciencia”,  fue la iglesia Católica.

Ya la temprana acción del obispo Cirilo de Alejandría, instigador del asesinato de la prestigiosa filósofa Ipazia (marzo del 415) , signó la actitud de la iglesia, en vías de su institucionalizaciòn y legitimación como núcleo del poder post imperial romano.

A la acción de celosos censores de los obispos; y sobre todo de la orden Dominicana, sucedió hacia el 1.100, el nacimiento de un órgano específico para la censura y la represión del disenso: La Inquisición, de temible fama y terrible memoria.

Lo que muchos no sospechan es que esta siniestra institución, que merecerla un capitulo especial en el mas elemental curso sobre la historia de los derechos humanos, ni siquiera ha desaparecido todavía del escenario político – ideológico contemporáneo.

Después de la abolición de la Inquisición española, al inicio del S. XIX, se dio vida a la Congregación  del Santo Oficio, competente para todo el mundo católico, y que procesó, en los primeros años del Novecientos a los teólogos renovadores que querían actualizar los estudios de la Biblia, la historia de la iglesia, y adecuar algunos dogmas.

El 7 de diciembre de 1965, un día antes de concluirse el Concilio Vaticano II, la Inquisición fue transformada en “Congregación para la doctrina de la Fé”, con el objeto de atribuirle funciones mas relacionadas con la teología que con la represión de los “errores”  doctrinales.

El 12 de marzo del 2000, Papa Juan Pablo II declaró la jornada como “día del perdón”, y rezó un “mea culpa” por todos los pecados de la Iglesia en el curso de los siglos. Entre ellos también figuraban los cometidos por la Inquisición.

Uno de los últimos prelados a presidir la “Congregación para la doctrina de la Fé”, (ex Inquisición) fue el cardenal Joseph Ratzinger, elegido Papa el 19 de abril del 2005, con el nombre de Benedicto XVI.

Pero el hábito de quemar, censurar y reprimir no es un monopolio de la iglesia católica; lo han practicado y lo practican todavía todos los fundamentalismos religiosos o políticos. Miguel Servet y Tomas Moro fueron tan víctimas de los protestantes como Giordano Bruno de los católicos; la condena a muerte de Salman Rushdie y la quema de libros considerados herejes por los musulmanes mas recalcitrantes marcha siempre en el mismo sentido.

La prohibición de autores, de ideas, o sencillamente de comunicar, es otra practica habitual de todos los regímenes fascistas o comunistas o simplemente dictatoriales. De las dictaduras militares latinoamericanas que prohibían autores, al partido único chino que censura Internet, no hay ninguna diferencia de principio, a lo mas, de grado.

Después de esta veloz recorrida  por los antecedentes de la negación de la libertad de conciencia, no nos debemos sentir para nada seguros o alejados de estas calamidades.

Hoy, con métodos mas sutiles, elaborados y  refinados –por eso menos evidentes pero mas peligrosos –  continúa a practicarse el viejo vicio del poder: blindar la libertad de conciencia.

De otro modo no podemos explicarnos que los medios de comunicación (Ninguno excluso) dirijan casi totalmente la política mundial; y que los ladrones legalizados controlen la finanza y la economía globales.-

Prohibición  de libros durante la última dictadura en Argentina

(*) Entre los mas destacados: Karl Marx, Thomas Mann, Bertolt Bretch, Teodor Adorno, Sigmund Freud, Friederich Engels, Albert Einstein, Maximo Gorki, Hermann Hesse, James Joyce, Franz Kafka, Vladimir Lenin, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg, Vladimir Mayakovsky, Ludwig Von Mises, John Dos Passos, Marcel Proust, Erich Maria Remarque, Romain Rolland, Leon Trotsky, H.G. Wells, Emile Zola, Stefan Zweig.

(**) República de noviembre. Se refiere al fin de la monarquía constitucional y al nacimiento de la República parlamentaria y democrática que surgió en ese mes de 1918, al finalizar la 1a Guerra Mundial.

Fuentes:

http://www.corriereinformazione.it/2013051025662/attualita/10-maggio-1933-ottanta-anni-fa-il-rogo-dei-libri-di-berlino.html

http://www.ilfattoquotidiano.it/2013/05/09/nazismo-gigantesco-rogo-di-libri-del-maggio-1933/588174/

http://campus.almagro.ort.edu.ar/cienciassociales/historiaoral/noticia/99604/30-de-agosto-de-1980-quema-de-libros-por-parte-de-la-dictadura-militar

http://trescientosesenta.blogspot.it/2011/02/la-quema-de-libros-moderna.html

LOS “MÁRTIRES DE CHICAGO” EN LA PROSA DE JOSE MARTÍ

La tragedia terrible de los “mártires de Chicago que diera origen al 1° de Mayo tuvo, por una afortunada coincidencia, la presencia de un testigo extraordinario; se trató del poeta, escritor y patriota revolucionario  cubano, José Martì.

En esos años, Martí trabajaba en los E.E.U.U. residiendo frecuentemente a New York, como corresponsal del diario argentino “La Nación”, de Buenos Aires, y gracias a ello, podemos leer su versión de los tremendos acontecimientos.marti.portrait

La personalidad de Martí, comulgaba la inteligencia al sentimiento de hermandad con los otros hombres y a la seguridad de pertenecer a un universo donde cada elemento posee su valor y su dignidad. Por ese motivo no podía soportar ningún totalitarismo oprimente de las potencialidades humanas presentes en cada individuo; y comprendía que solo la libertad mas perfecta permite al hombre intentar  la aventura de crecer espiritualmente hacia su plenitud. Por estos motivos pudo recoger y transmitirnos los rasgos característicos de la psicología de cada uno de los mártires que tuvo la ocasión de conocer.

Martì no solo fue un opositor al régimen colonial español que oprimía a Cuba. También supo deducir – como en el episodio de Chicago – que una aparente “democracia representativa” como la americana, desvirtuada por la codicia y el lucro, puede servir de fachada a un régimen opresor que no representa a nadie mas que a sí mismo y a sus crueles designios de poder; y que culmina en la negación absoluta de los derechos humanos  elementales, como el de la justicia y el de la vida. 

Publicamos su narración completa por el valor de su testimonio; por que proviene de un hombre con una indiscutida estatura moral; porque exhibe un juicio equilibrado de los acontecimientos; y porque – sin sospecharlo entonces él mismo – condividiría con los protagonistas de su relato el hecho de sacrificar su vida(1) en pos de  un “mundo ordenado conforme a la justicia”.

 

(1)  José Martí desembarcó en Cuba junto a otros exiliados rebeldes el 11 de Abril de 1895 para emprender la guerra de independencia. Pero cayó combatiendo contra los españoles en uno de los primeros encuentros, la batalla de “Dos Ríos”, el 19 de mayo del mismo año. 

 

[Del diario La Nación, del 1° de Enero de 1888]

 

 

 

“UN DRAMA TERRIBLE”

La guerra social en Chicago – Anarquía y represión- El conflicto y sus hombres – Escenas extraordinarias – El choque – El proceso – El cadalso – Los funerales

workingmen

Volante convocando a la manifestación en Haymarket

 

Nueva York, Noviembre 13 de 1887
Señor Director de La Nación:
Ni el miedo a las justicias sociales, ni la simpatía ciega por los que las intentan, debe guiar a los pueblos en sus crisis, ni al que las narra.
Sólo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de ser tomado por su enemigo, la preserva sin temblar de los que la comprometen con sus errores. No merece el dictado de defensor de la libertad quien excusa sus vicios y crímenes por el temor mujeril de parecer tibio en su defensa.
Ni merecen perdón los que, incapaces de domar el odio y la antipatía que el crimen inspira, juzgan los delitos sociales sin conocer y pesar las causas históricas de que nacieron, ni los impulsos de generosidad que los producen.
En procesión solemne, cubiertos los féretros de florea y los rostros de sus sectarios de luto, acaban de ser llevados a la tumba los cuatro anarquistas que sentenció Chicago a la horca, y el que por no morir en ella hizo estallar en su propio cuerpo una bomba de dinamita que llevaba oculta en los rizos espesos de su cabello de joven, su selvoso cabello castaño.
Acusados de autores o cómplices de la muerte espantable de uno de los policías que, intimó la dispersión del concurso reunido, para protestar contra la muerte de seis obreros, a manos de la policía, en el ataque a la única fábrica que trabajaba a pesar de la huelga: acusados de haber compuesto y ayudado a lanzar, cuando no lanzado, la bomba del tamaño de una naranja que tendió por tierra las filas delanteras de los policías, dejó a uno muerto, causó después la muerte a seis más y abrió en otros cincuenta heridas graves, el juez, conforme al veredicto del jurado, condenó a uno de los reos a quince años de penitenciaría y a pena de horca a siete.
Jamás, desde la guerra del Sur, desde los días trágicos en que John Brown murió como criminal por intentar solo en Harper’s Ferry lo que como corona de gloria intentó luego la nación precipitada por su bravura, hubo en los Estados Unidos tal clamor e interés alrededor de un cadalso.
La república entera ha peleado, con rabia semejante a la del lobo, para que los esfuerzos de un abogado benévolo, una niña enamorada de uno de los presos, y una mestiza de india y español, mujer de otro, solas contra el país iracundo, no arrebatasen al cadalso los siete cuerpos humanos que creía esenciales a su mantenimiento.
Amedrentada la república por el poder creciente de la casta llana, por el acuerdo súbito de las masas obreras, contenido sólo ante las rivalidades de sus jefes, por el deslinde próximo de la población nacional en las dos clases de privilegiados y descontentos que agitan las sociedades europeas, determinó valerse por un convenio tácito semejante a la complicidad, de un crimen nacido de sus propios delitos tanto como del fanatismo de los criminales, para aterrar con el ejemplo de ellos, no a la chusma adolorida que jamás podrá triunfar en un país de razón, sino a las tremendas capas nacientes. El horror natural del hombre libre al crimen, junto con el acerbo encono del irlandés despótico que mira a este país como suyo y al alemán y eslavo como su invasor, pusieron de parte de los privilegios, en este proceso que ha sido una batalla, una batalla mal ganada e hipócrita, las simpatías y casi inhumana ayuda de los que padecen de los mismos males, el mismo desamparo, el mismo bestial trabajo, la misma desgarradora miseria cuyo espectáculo constante encendió en los anarquistas de Chicago tal ansia de remediarlos que les embotó el juicio.
Avergonzados los unos y temerosos de la venganza bárbara los otros, acudieron, ya cuando el carpintero ensamblaba las vigas del cadalso, a pedir merced al gobernador del Estado, anciano flojo rendido a la súplica y a la lisonja de la casta rica que le pedía que, aun a riesgo de su vida, salvara a la sociedad amenazada.
Tres voces nada más habían osado hasta entonces interceder, fuera de sus defensores de oficio y sus amigos naturales; por los que, so pretexto de una acusación concreta que no llegó a probarse, so pretexto de haber procurado establecer el reino del terror, morían victimas del terror social: Howells, el novelista bostoniano que al mostrarse generoso sacrificó fama y amigos; Adler, el pensador cauto y robusto que vislumbra en la pena de nuestro siglo el mundo nuevo; y Train, un maníaco que vive en la plaza pública dando pan a los pájaros y hablando con los niños.
Ya, en danza horrible, murieron dando vueltas en el aire, embutidos en sayones blancos.
Ya, sin que haya más fuego en las estufas, ni mas pan en las despensas, ni más justicia en el reparto social, ni más salvaguardia contra el hambre de los útiles, ni más luz y esperanza para los tugurios, ni mas bálsamo para todo lo que hierve y padece, pusieron en un ataúd de nogal los pedazos mal juntos del que, creyendo dar sublime ejemplo de amor a los hombres aventó su vida, con el arma que creyó revelada para redimirlos. Esta república, por el culto desmedido a la riqueza, ha caído, sin ninguna de las trabas de la tradición, en la desigualdad, injusticia y violencia de los países monárquicos.
Como gotas de sangre que se lleva la mar eran en los Estados Unidos las teorías revolucionarias del obrero europeo, mientras con ancha tierra y vida republicana, ganaba aquì el recién llegado el pan, y en su casa propia ponía de lado una parte para la vejez.
Pero vinieron luego la guerra corruptora, el hábito de autoridad y dominio que es su dejo amargo, el crédito que estimuló la creación de fortunas colosales y la inmigración desordenada, y la holganza de los desocupados de la guerra, dispuestos siempre, por sostener su bienestar y por la afición fatal del que ha olido sangre, a servir los intereses impuros que nacen de ella.
De una apacible aldea pasmosa se convirtió la república en una monarquía disimulada.
Los inmigrantes europeos denunciaron con renovada ira los males que creían haber dejado tras sí en su tiránica patria.
El rencor de los trabajadores del país, al verse víctimas de la avaricia y desigualdad de los pueblos feudales, estalló con más fe en la libertad que esperan ver triunfar en lo social como triunfa en lo político.
Habituados los del país a vencer sin sangre por la fuerza del voto, ni entienden ni excusan a los que, nacidos en pueblos donde el sufragio es un instrumento de la tiranía, sólo ven en su obra despaciosa una faz nueva del abuso que flagelan sus pensadores, desafían sus héroes, y maldicen sus poetas. Pero, aunque las diferencias esenciales en las prácticas políticas y el desacuerdo y rivalidad de las razas que ya se disputan la supremacía en esta parte del continente, estorbasen la composición inmediata de un formidable partido obrero con unánimes métodos y fines, la identidad del dolor aceleró la acción concertada de todos los que lo padecen, y ha sido necesario un acto horrendo, por mas que fuese consecuencia natural de las pasiones encendidas, para que los que arrancan con invencible ímpetu de la misma desventura interrumpan su labor, su labor de desarraigar y recomponer, mientras quedan por su ineficacia condenados los recursos sangrientos de que por un amor insensato a la justicia echan mano los que han perdido fe en la libertad.
En el Oeste recién nacido, donde no pone tanta traba a los elementos nuevos la influencia imperante de una sociedad antigua, como la del Este, reflejada en su literatura y en sus hábitos; donde la vida como más rudimentaria facilita el trato íntimo entre los hombres, más fatigados y dispersos en las ciudades de mayor extensión y cultura; donde la misma rapidez asombrosa del crecimiento, acumulando los palacios de una parte y las factorías, y de otra la miserable muchedumbre, revela a las claras la iniquidad del sistema que castiga al mas laborioso con el hambre, al más generoso con la persecución, al padre útil con la miseria de sus hijos, -en el Oeste, donde se juntan con su mujer y su prole los obreros necesitados a leer los libros que enseñan las causas y proponen los remedios de su desdicha; donde justificados a sus propios ojos por el éxito de sus fábricas majestuosas, extreman los dueños, en el precipicio de la prosperidad, los métodos injustos y el trato áspero con que la sustentan; donde tiene en fermento a la masa obrera la levadura alemana, que sale del país imperial, acosada e inteligente, vomitando sobre la patria inicua las tres maldiciones terribles de Heine; en el Oeste y en su metrópoli Chicago sobre todo, hallaron expresión viva los descontentos de la masa obrera, los consejos ardientes de sus amigos, y la rabia amontonada por el descaro e inclemencia de sus señores.
HM Square

Haymarket Square a fines del siglo XIX

Y como todo tiende a la vez a lo grande y a lo pequeño, tal como el agua que va de mar a vapor y de vapor a mar, el problema humano, condensado en Chicago por la merced de las instituciones libres, a la vez que infundía miedo o esperanza por la república y el mundo, se convertía, en virtud de los sucesos de la ciudad y las pasiones de sus hombres, en un problema local, agrio y colérico.
El odio a la injusticia se trocaba en odio a sus representantes.
La furia secular, caída por herencia, mordiendo y consumiendo como la lava, en hombres que, por lo férvido de su compasión, veíanse como entidades sacras, se concentró, estimulada por loa resentimientos individuales, sobre los que insistían en los abusos que la provocan. La mente, puesta a obrar, no cesa; el dolor, puesto a bullir, estalla; la palabra, puesta a agitar, se desordena; la vanidad, puesta a lucir, arrastra; la esperanza, puesta en acción, acaba en el triunfo o la catástrofe: “¡para el revolucionario, dijo Saint-Just, no hay más descanso que la tumba!”
¿Qué revela apenas a las mentes sumas que ven hervir el mundo sentados, con la mano sobre el sol, en la cumbre del tiempo? ¿Quién que trata con hombres no sabe que, siendo en ellos más la carne que la luz, apenas conocen lo que palpan, apenas vislumbran la superficie, apenas ven más que lo que les lastima o lo que desean; apenas conciben más que el viento que les da en el rostro, o el recurso aparente, y no siempre real, que puede levantar obstáculo al que cierra el paso a su odio, soberbia o apetito? ¿Quién que sufre de los males humanos, por muy enfrenada que tenga su razón, no siente que se le inflama y extravía cuando ve de cerca, como si le abofeteasen, como si lo cubriesen de lodo, como si le manchasen de sangre las manos, una de esas miserias sociales que bien pueden mantener en estado de constante locura a los que ven podrirse en ellas a sus hijos y a sus mujeres?
Una vez reconocido el mal, el ánimo generoso sale a buscarle remedio: una vez agotado el recurso pacifico, el ánimo generoso, donde labra el dolor ajeno como el gusano en la llaga viva, acude al remedio violento.
¿No lo decía lo decía Desmoulins? “Con tal de abrazar la libertad, ¿qué importa que sea sobre montones de cadáveres?”
Cegados por la generosidad, ofuscados por la vanidad, ebrios por la popularidad, adementados por la constante ofensa, por su impotencia aparente en las luchas del sufragio, por la esperanza de poder constituir en una comarca naciente su pueblo ideal, las cabezas vivas de esta masa colérica, educadas en tierras donde el voto, apenas nace, no se salen de lo presente, no osan parecer débiles ante los que les siguen, no ven que el único obstáculo en este pueblo libre para un cambio social sinceramente deseado está en la falta de acuerdo de los que lo solicitan, no creen, cansados ya de sufrir, y con la visión del falansterio universal en la mente, que por la paz pueda llegarse jamás en el mundo a hacer triunfar la justicia.
Júzganse como bestias acorraladas. Todo lo que va creciendo les parece que crece contra ellos. “Mi hija trabaja quince horas para ganar quince centavos.” “No he tenido trabajo este invierno porque pertenezca a una junta de obreros”
El juez los sentencia.
La policía, con el orgullo de la levita de paño y la autoridad, temible en el hombre inculto, los aporrea y asesina.
Tienen frio y hambre, viven en casas hediondas.
¡América es, pues, lo mismo que Europa!
No comprenden que ellos son mera rueda del engrane social, y hay que cambiar, para que ellas cambien, todo el engranaje. El jabalí perseguido no oye la música del aire alegre, ni el canto del universo, ni el andar grandioso de la fábrica cósmica: el jabalí clava las ancas contra un tronco oscuro, hunde el colmillo en el vientre de su perseguidor, y le vuelca el redaño.
¿Dónde hallará esa masa fatigada, que sufre cada día dolores crecientes, aquel divino estado de grandeza a que necesita ascender el pensador para domar la ira que la miseria innecesaria levanta? Todos los recursos que conciben, ya los han intentado. Es aquel reinado del terror que Carlyle pinta, “la negra y desesperada batalla de los hombres contra su condición y todo lo que los rodea”.
Y asi como la vida del hombre se concentra en la médula espinal, y la de la tierra en las masas volcánicas, surgen de entre esas muchedumbres, erguidos y vomitando fuego, seres en quienes parece haberse amasado todo su horror, sus desesperaciones y sus lágrimas.
Del infierno vienen: ¿qué lengua han de hablar sino la del infierno?
Sus discursos, aun leídos, despiden centellas, bocanadas de humo, alimentos a medio digerir, vahos rojizos.
Este mundo es horrible: ¡créese otro mundo!; como en el Sinaí, entre truenos: como en el Noventa y Tres, de un mar de sangre: “¡mejor es hacer volar a diez hombres con dinamita, que matar a diez hombres, como en las fábricas, lentamente de hambre!”
Se vuelve a oír el decreto de Moctezuma: “¡Los dioses tienen sed!”
Un joven bello, que se hace retratar con las nubes detrás de la cabeza y el sol sobre el rostro, se sienta a una mesa de escribir, rodeado de bombas, cruza las piernas, enciende un cigarro, y como quien junta las piezas de madera de una casa de juguete, explica el mundo justo que florecerá sobre la tierra cuando el estampido de la revolución social de Chicago, símbolo de la opresión del universo, reviente en átomos.
Pero todo era verba, juntas por los rincones, ejercicios de armas en uno que otro sótano, circulación de tres periódicos rivales entre dos mil lectores desesperados y, propaganda de los modos novísimos de matar -¡de que son más culpables los que por vanagloria de libertad la permitían que los que por violenta generosidad la ejercitaban!
Donde los obreros enseñaron más la voluntad de mejorar su fortuna, más se enseñó por los que la emplean la decisión de resistirlos.
haymarket1

Ilustraciones de la represión policial

Cree el obrero tener derecho a cierta seguridad para lo porvenir, a cierta holgura y limpieza para su casa, a alimentar sin ansiedad los hijos que engendra, a una parte más equitativa en los productos del trabajo de que es factor indispensable, alguna hora de sol en que ayudar a su mujer a sembrar un rosal en el patio de la casa, a algún rincón para vivir que no sea un tugurio fétido donde, como en las ciudades de Nueva York, no se puede entrar sin bascas. Y cada vez que en alguna forma esto pedían en Chicago los obreros, combinábanse los capitalistas, castígábanlos negándoles el trabajo que para ellos es la carne, el fuego y la luz; echábanles encima la policía, ganosa siempre de cebar sus porras en cabezas de gente mal vestida; mataba la policía a veces a algún osado que le resistía con piedras, o a algún niño; reducíanlos al fin por hambre a volver a su trabajo, con el alma torva, con la miseria enconada, con el decoro ofendido, rumiando venganza.
Escuchados sólo por sus escasos sectarios, año sobre año venían reuniéndose los anarquistas, organizados en grupos, en cada uno de los cuales había una sección armada. En sus tres periódicos, de diverso matiz, abogaban públicamente por la revolución social; declaraban, en nombre de la humanidad, la guerra a la sociedad existente; decidían la ineficacia de procurar una conversión radical por medios pacíficos, y recomendaban el uso de la dinamita, como el arma santa del desheredado, y los modos de prepararla.
No en sombra traidora, sino a la faz de los que consideraban sus enemigos se proclamaban libres y rebeldes, para emancipar al hombre, se reconocían en estado de guerra, bendecían el descubrimiento de una sustancia que por su poder singular había de igualar fuerzas y ahorrar sangre, y excitaban al estudio y la fabricación del arma nueva, con el mismo frío horror y diabólica calma de un tratado común de balística: se ven círculos de color de hueso, -cuando se leen estas enseñanzas, -en un mar de humareda: por la habitación, llena de sombra, se entra un duende, roe una costilla humana, y se afila las uñas: para medir todo lo profundo de la desesperación del hombre, es necesario ver sí el espanto que suele en calma preparar supera a aquel contra el que, con furor de siglos, se levanta indignado, -es necesario vivir desterrado de la patria o de la humanidad.
Los domingos, el americano Parsons, prepuesto una vez por sus amigos socialistas para la Presidencia de la República, creyendo en la humanidad como en su único Dios, reunía a sus sectarios para levantarles el alma basta el valor necesario a su defensa. Hablaba a saltos, a latigazos, a cuchilladas: lo llevaba lejos de si la palabra encendida.
Su mujer, la apasionada mestiza en cuyo corazón caen como puñales los dolores de la gente obrera, solía, después de él, romper en arrebatado discurso, tal que dicen que con tanta elocuencia, burda y llameante, no se pintó jamás el tormento de las clases abatidas; rayos los ojos, metralla las palabras, cerrados los dos puños, y luego, hablando de las penas de una madre pobre, tonos dulcisimos e hilos de lágrimas.
Spies, el director del “Arbeiter Zeitung”, escribía como desde la cámara de la muerte, con cierto frío de huesa: razonaba la anarquía: la pintaba como la entrada deseable a la vida verdaderamente libre: durante siete años explicó sus fundamentos en su periódico diario, y luego la necesidad de la revolución, y por fin como Parsons en el “Alarm”, el modo de organizarse para hacerla triunfar.
Leerlo es como poner el pie en el vacío. ¿Qué le pasa al mundo que da vueltas?
Spies seguía sereno, donde la razón más firme siente que le falta el pie. Recorta su estilo como si descascarase un diamante. Narciso fúnebre, se asombra y complace de su grandeza. Mañana le dará su vida una pobre niña, una niña que se prende a la reja de su calabozo como la mártir cristiana se prendía de la cruz, y él apenas dejará caer de sus labios las palabras frías, recordando que Jesús, ocupado en redimir a los hombres, no amó a Magdalena.
Cuando Spies arengaba a los obreros, desembarazándose de la levita que llevaba bien, no era hombre lo que hablaba, sino silbo de tempestad, lejano y lúgubre. Era palabra sin carne. Tendía el cuerpo hacia sus oyentes, como un árbol doblado por el huracán: y parecía de veras que un viento helado salía de entre las ramas, y pasaba por sobre las cabezas de los hombres.
Metía la mano en aquel!os pechos revueltos y velludos, y les paseaba por ante los ojos, les exprimía, les daba a oler las propias entrañas.
Cuando la policía acababa de dar muerte a un huelguista en una refriega, lívido subía al carro, la tribuna vacilante de las revoluciones, y con el horrendo incentivo su palabra seca relucía pronto y caldeaba, como un carcaj de fuego. Se iba luego solo por las calles sombrías.
Engel, celoso de Spies, pujaba por tener al anarquismo en pie de guerra, él a la cabeza de una compañía: él donde se enseñaba a cargar el rifle o apuntar de modo que diera en el corazón: él, en el sótano, las noches de ejercicio, “para cuando llegue la gran hora”: él, con su “Anarchist” y sus conversaciones, acusando a Spies de tibio, por envidia de su pensamiento: él solo era el puro, el inmaculado, el digno de ser oído: la anarquía, la que sin más espera deje a los hombres dueños de todo por igual, es la única buena: perinola el mundo y él, -y él, el mango: ¡bien iría el mundo hacia arriba, “cuando los trabajadores tuvieran vergüenza”, como la pelota de la perinola!
El iba de un grupo a otro: él asistía al comité general anarquista, compuesto de delegados de los grupos: él tachaba al comité de pusilánime y traidor, porque no decretaba “con los que somos, nada más, con estos ochenta que somos” la revolución de veras, la que quería Parsons, la que llama a la dinamita “sustancia sublime”, la que dice a los obreros que “vayan a tomar lo que les baga falta a las tiendas de State Street, que son suyas las tiendas, que todo es suyo”: él es miembro del “Lehr und Wehr Verein”, de que Spies es también miembro, desde que un ataque brutal de la policía, que dejó en tierra a muchos trabajadores, los provocó a armarse, a armarse para defenderse, a cambiar, como hacen cambiar siempre los ataques brutales, la idea del periódico por el rifle Springfield. Engel era el sol, como su propio rechoncho cuerpo: el “gran rebelde”, el “autónomo”.
¿Y Lingg? No consumía su viril hermosura en los amorzuelos enervantes que suelen dejar sin jugo al hombre en los años gloriosos de la juventud, sino que criado en una ciudad alemana entre el padre inválido y la madre hambrienta, conoció la vida por donde es justo que un alma generosa la odie. Cargador era su padre, y su madre lavandera, y él bello como Tannhauser o Lohengrin, cuerpo de plata, ojos de amor, cabello opulento, ensortijado y castaño. ¿A qué su belleza, siendo horrible el mundo? Halló su propia historia en la de la clase obrera, y el bozo le nació aprendiendo a hacer bombas. ¡Puesto que la infamia llega al rincón del globo, el estallido ha de llegar al cielo!
Acababa de llegar de Alemania: veintidós años cumplía: lo que en los demás ea palabra, en él será acción: él, él solo, fabricaba bombas, porque, salvo en los hombres, de ciega energía, el hombre, ser fundador, sólo para libertarse de ella halla natural dar la muerte.
Y mientras Schwab, nutrido en la lectura de los poetas, ayuda a escribir a Spies, mientras Fielden, de bella oratoria, va de pueblo en pueblo levantando las almas al conocimiento de la reforma venidera, mientras Fischer alienta y Neebe organiza, él, en un cuarto escondido, con cuatro compañeros, de los que uno lo ha de traicionar, fabrica bombas, como en su “Ciencia de la guerra revolucionaria” manda Most, y vendada la boca, como aconseja Spies en el “Alarm”, rellena la esfera mortal de dinamita, cubre el orificio con un casquillo, por cuyo centro corre la mecha que en lo interior acaba en fulminante, y, cruzado de brazos, aguarda la hora.
Y así iban en Chicago adelantando las fuerzas anárquicas, con tal lentitud, envidias y desorden intestinos, con tal diversidad de pensamientos sobre la hora oportuna para la rebelión amada, con tal escasez de sus espantables recursos de guerra, y de los fieros artífices prontos a elaborarlos, que el único poder cierto de la anarquía, desmelenada dueña de unos cuantos corazones encendidos, era el furor que en un instante extremo produjese el desdén social en las masas que la rechazan. El obrero, que es hombre y aspira, resiste, con la sabiduría de la naturaleza, la idea de un mundo donde queda aniquilado el hombre; pero cuando, fusilado en granel por pedir una hora libre para ver a la luz del sol a sus hijos, se levanta del charco mortal apartándose de la frente, como dos cortinas rojas, las crenchas de sangre, puede el sueño de muerte de un trágico grupo de locos de piedad, desplegando las alas humeantes, revolando sobre la turba siniestra, con el cadáver clamoroso en las manos, difundiendo sobre los torvos corazones la claridad de la aurora infernal, envolver como turbia humareda las almas desesperadas.
La ley, ¿no los amparaba? La prensa exasperándolos con su odio en vez de aquietarlos con justicia, ¿no los popularizaba? Sus periódicos, creciendo en indignación con el desdén y en atrevimiento con la impunidad, ¿no circulaban sin obstáculos? Pues ¿qué querían ellos, puesto que es claro a sus ojos que se vive bajo abyecto despotismo, que cumplir el deber que aconseja la declaración de independencia derribándolo, y sustituirlo con una asociación libre de comunidades que cambien entre si sus productos equivalentes, se rijan sin guerra por acuerdos mutuos y se eduquen conforme a ciencia sin distinción de raza, iglesia o sexo? ¿No se estaba levantando la nación, como manada de elefantes, que dormía en la yerba, con sus mismos dolores y sus mismos gritos? ¿No es la amenaza verosímil del recurso de fuerza, medio probable aunque peligroso, de obtener por intimidación lo que no logra el derecho? Y aquellas ideas suyas, que se iban atenuando con la cordialidad de los privilegiados tal como con su desafío y iban trocando en rifle y dinamita, ¿no nacían de lo más puro de cm piedad, exaltada hasta la insensatez por el espectáculo de la miseria irremediable, y ungida, por la esperanza de tiempos justos y sublimes? ¿No había sido Parsons, el evangelista del jubileo universal, propuesto para la Presidencia de la República? ¿No había luchado Spies con ese programa en las elecciones como candidato a un asiento en el Congreso? ¿No les solicitaban los partidos políticos sus votos, con la oferta de respetar la propaganda de sus doctrinas? ¿Cómo habían de creer criminales los actos y palabras que les permitía la ley? Y ¿no fueron las fiestas, de sangre de la policía, ebria del vino del verdugo como toda plebe revestida de autoridad, las que decidieron a armarse a los más bravos?
Lingg, el recién llegado, odiaba con la terquedad del novicio a Spies, el hombre de idea, irresoluto y moroso: Spies, el filósofo del sistema, lo dominaba por aquel mismo entendimiento superior; pero aquel arte y grandeza que aun en las obras de destrucción rquiere la cultura, excitaban la ojeriza del grupo exiguo de irreconciliables, que en Engel, enamorado de Lingg, veían su jefe propio. Engel, contento de verse en guerra con el universo, medía su valor por su adversario.
Parsons, celoso de Engel que le emula en pasión, se une a Spies, como el héroe de la palabra y amigo de las letras. Fielden, viendo subir en su ciudad de Londres la cólera popular creía, prendado de la patria cuyo egoísta amor prohíbe su sistema, ayudar con el fomento de la anarquia en América el triunfo difícil de los ingleses desheredados. Engel -“ha llegado la hora”: Spies: -“¿habrá llegado esta terrible hora?“: Lingg, revolviendo con una púa de madera arcilla y nitroglicerina:-“¡ya verán, cuando yo acabe mis bombas, si ha llegado la hora!“: Fielden, que ve levantarse, contusa y temible de un mar a otro de los Estados Unidos, la casta obrera, determinada a pledir como prueba de su poder que el trabajo se reduzca a ocho horas diarias, recorre los grupos, unidos sólo hasta entonces en el odio a la opresión industrial y a la policía que les da caza y muerte, y repite: – “si, amigos, si no nos dejan ver a nuestros hijos al sol, ha llegado la hora”.
Entonces vino la primavera amiga de los pobres; y sin el miedo del frío, con la fuerza que da la luz, con la esperanza de cubrir con los ahorros del invierno las primeras hambres, decidió un millón de obreros, repartidos por toda la república, demandar a las fábricas que, en cumplimiento de la ley desobedecida, no excediese el trabajo de las ocho horas legales. ¡Quien quiera saber si lo que pedían era justo, venga aquí; véalos volver, como bueyes tundidos, a sus moradas inmundas, ya negra la noche; véalos venir de sus tugurios distantes, tiritando los hombres, despeinadas y lívidas las mujeres, cuando aún no ha cesado de reposar el mismo sol!
En Chicago, adolorido y colérico, segura de la resistencia que provocaba con sus alardes, alistado el fusil de motín, la policía, y, no con la calma de la ley, sino con la prisa del aborrecimiento, convidaba a los obreros a duelo.
Los obreros, decididos a ayudar por el recurso legal de la huelga su derecho, volvían la espalda a los oradores lúgubres del anarquismo y a los que magullados por la porra o atravesados por la bala policial, resolvieron, con la mano sobre sus heridas, oponer en el próximo ataque hierro a hierro.
Llegó marzo. Las fábricas, como quien echa perros sarnosos a la calle, echaron a los obreros que fueron a presentarles su demanda. En masa, como la orden de los Caballeros del Trabajo lo dispuso, abandonaron los obreros las fábricas. El cerdo se pudría sin envasadores que lo amortajaran, mugían desatendidos en los corrales los ganados revueltos; mudos se levantaban, en el silencio terrible, los elevadores de granos que como hilera de gigantes vigilan el río. Pero en aquella sorda calma, como el oriflama triunfante del poder industrial que vence al fin en todas las contiendas, salía de las segadoras de McCormick, ocupadas por obreros a quienes la miseria fuerza a servir de instrumentos contra sus hermanos, un hilo de humo que como negra serpiente se tendía, se enroscaba, se acurrucaba sobre el cielo azul.
A los tres días de cólera, se fue llenando una tarde nublada el Camino Negro, que así se llama el de McCormick, de obreros airados que subían calle arriba, con la levita al hombro, enseñando el puño cerrado al hilo de humo: ¿no va siempre el hombre, por misterioso decreto, adonde lo espera el peligro, y parece gozarse en escarbar su propia miseria?: “¡allí estaba la fábrica insolente, empleando, para reducir a los obreros que luchan contra el hambre y el frío, a las mismas víctimas desesperadas del hambre!: ¿no se va a acabar, pues, este combate por el pan y el carbón en que por la fuerza del mal mismo se levantan contra el obrero sus propios hermanos?: pues ¿no es ésta la batalla del mundo, en que los que lo edifican deben triunfar sobre los que lo explotan?: ¡de veras, queremos ver de qué lado llevan la cara esos traidores!” Y hasta ocho mil fueron llegando, ya al caer de la tarde; sentándose en grupos sobre las rocas peladas; andando en hileras por el camino tortuoso; apuntando con ira a las casuchas míseras que se destacan, como manchas de lepra, en el áspero paisaje.
Los oradores, que hablan sobre las rocas, sacuden con sus invectivas aquel concurso en que los ojos centellean y se ven temblar las barbas. El orador es un carrero, un fundidor, un albañil: el humo de McCormick caracolea sobre el molino: ya se acerca la hora de salida: “¡a ver qué cara nos ponen esos traidores!“: “¡fuera, fuera ese que habla, que es un socialista! . . .”
Y el que habla, levantando como con las propias manos loa dolores más recónditos de aquellos corazones iracundos, excitando a aquellos ansiosos padres a resistir hasta vencer, aunque los hijos les pidan pan en vano, por el bien duradero de los hijos, el que habla es Spies: primero lo abandonan, después lo rodean, después se miran, se reconocen en aquella implacable pintura, lo aprueban y aclaman: “¡ése, que sabe hablar, para que hable en nuestro nombre con las fábricas!” Pero ya los obreros han oído la campana de la suelta en el molino: ¿qué importa lo que está diciendo Spies?: arrancan todas las piedras del camino, corren sobre la fábrica, ¡y caen en trizas todos los cristales! ¡Por tierra, al ímpetu de la muchedumbre, el policía que le sale al paso!; “¡ aquéllos, aquéllos son, blancos como muertos, los que por el salario de un día ayudan a oprimir a sus hermanos!” ¡piedras! Los obreros del molino, en la torre, donde se juntan medrosos, parecen fantasmas: Vomitando fuego viene camino arriba, bajo pedrea rabiosa, un carro de patrulla de la policía, uno al estribo vaciando el revólver, otro al pescante, los de adentro agachados se abren paso a balazos en la turba, que los caballos arrollan y atropellan: saltan del carro, fórmanse en batalla, y cargan a tiros sobre la muchedumbre que a pedradas y disparos locos se defiende. Cuando la turba acorralada por las patrullas que de toda la ciudad acuden, se asila, para no dormir, en sus barrios donde las mujeres compiten en ira con los hombres, a escondidas, a fin de que no triunfe nuevamente su enemigo, entierran los obreros seis cadáveres.
¿No se ve hervir todos aquellos pechos? ¿juntarse a los anarquistas? ¿escribir Spies un relato ardiente en su “Arbeiter Zeitung”? ¿reclamar Engel la declaración de que aquélla es por fin la hora? ¿poner Lingg, que meses atrás fue aporreado en la cabeza por la patrulla, las bombas cargadas en un baúl de cuero? ¿acumularse, con el ataque ciego de la policía, el odio que su brutalidad ha venido levantando? “¡A las armas, trabajadores! dice Spies en una circular fogosa que todos leen estremeciéndose: “¡a las armas, contra los que os matan porque ejercitáis vuestros derechos de hombre!” “¡Mañana nos reuniremos”-acuerdan los anarquistas-“y de manera y en lugar que les cueste caro vencernos si nos atacan!” “Spies, pon ruhe en tu “Arbeiter”: Ruhe quiere decir que todos debemos ir armados.” Y de la imprenta del “Arbeiter” salió la circular que invitaba a los obreros, con permiso del corregidor, para reunirse en la plaza de Haymarket a protestar contra los asesinatos de la policía.
Se reunieron en número de cincuenta mil, con sus mujeres y sus hijos, a oír a los que les ofrecían dar voz a su dolor; pero no estaba la tribuna, como otras veces, en lo abierto de la plaza, sino en uno de sus recodos, por donde daba a dos oscuras callejas. Spies, que había borrado del convite impreso las palabras: “Trabajadores a las armas”, habló de la injuria con cáustica elocuencia, mas no de modo que sus oyentes perdieran el sentido, sino tratando con singular moderación de fortalecer sus ánimos para las reformas necesarias: “¿Es esto Alemania, o Rusia, o España?” decía Spies, Parsons, en los instantes mismos en que el corregidor presenciaba la junta sin interrumpirla, declamó, sujeto por la ocasión grave y lo vasto del concurso, uno de sus editoriales cien veces impunemente publicados. Y en el instante en que Fielden preguntaba en bravo arranque si, puestos a morir, no era lo mismo acabar en un trabajo bestial o caer defendiéndose contra el enemigo, -nótase que la multitud se arremolina; que la policía, con fuerza de ciento ochenta, viene revólver en mano, calle arriba. Llega a la tribuna: intima la dispersión; no cejan pronto los trabajadores; “¿qué hemos hecho contra la paz?” dice Fielden saltando del carro; rompe la policía el fuego.
Y entonces se vio descender sobre sus cabezas, caracoleando por el aire, un hilo rojo. Tiembla la tierra; húndese el proyectil cuatro pies en su seno; caen rugiendo, unos sobre otros, los soldados de las dos primeras líneas; los gritos de un moribundo desgarran el aire. Repuesta la policía, con valor sobrehumano, salta por sobre sus compañeros a bala graneada contra los trabajadores que le resisten: “¡huimos sin disparar un tiro!” dicen unos; “apenas intentamos resistir”, dicen otros; “nos recibieron a fuego raso”, dice la policía. Y pocos instantes después no había en el recodo funesto más que camillas, pólvora y humo. Por zaguanes y sótanos escondían otra vez los obreros a sus muertos. De los policías, uno muere en la plaza: otro, que lleva la mano entera metida en la herida, la saca para mandar a su mujer sin último aliento; otro, que sigue a pie, va agujereado de pié a cabeza; y los pedazos de la bomba de dinamita, al rasar la carne, la habían rebanado como un cincel.
¿Pintar el terror de Chicago, y de la República? Spies les parece Robespierre; Engel, Marat; Parsons, Dantón. ¿Qué?: ¡menos!; ésos son bestias feroces, Tinvilles, Henriots, Chaumettes, ¡los que quieren vaciar el mundo viejo por un caño de sangre, los que quieren abonar con carne viva el mundo! ¡A lazo cáceseles por las calles, como ellos quisieron cazar ayer a un policía! ¡salúdeseles a balazos por dondequiera que asomen, como sus mujeres saludaban ayer a los “traidores” con huevos podridos! ¿No dicen, aunque es falso, que tienen los sótanos llenos de bombas? ¿No dicen, aunque es falso también, que sus mujeres, furias verdaderas, derriten el plomo, como aquellas de París que arañaban la pared para dar cal con que hacer pólvora a sus maridos? ¡Quememos este gusano que nos come!. ¡Ahí están, como en los motines del Terror, asaltando la tienda de un boticario que denunció a la policía el lugar de sus juntas, machacando sus frascos, muriendo en la calle como perros, envenenados con el vino de colchydium! ¡abajo la cabeza de cuantos la hayan asomado! ¡A la horca las lenguas y los pensamientos! Spies, Schwab y Fischer caen presos en la imprenta, donde la policía halla una carta de Johann Most, carta de sapo, rastrera y babosa, en que trata a Spies como intimo amigo, y le habla de las bombas, de “la medicina”, y de un rival suyo, de Paulus el Grande “que anda que se lame por los pantanos de ese perro periódico de Shevitch”. A Fielden, herido, lo sacan de su casa. A Engel y a Neebe, de su casa también. Y a Lingg, de su cueva: ve entrar al policía; le pone al pecho un revólver, el policía lo abraza: y él y Lingg, que jura y maldice, ruedan luchando, levantándose, cayendo en el zaquizamí lleno de tuercas, escoplos y bombas: las mesas quedan sin pie, las sillas sin espaldar; Lingg casi tiene ahogado a su adversario, cuando cae sobre él otro policía que lo ahoga: ¡ni inglés habla siquiera este mancebo que quiere desventrar la ley inglesa! Trescientos presos en un día. Está espantado el país, repletas las cárceles.
haymarket-square-front

Afiche del 1° de Mayo que evoca a los mártires

¿El proceso? Todo lo que va dicho, se pudo probar; pero no que los ocho anarquistas, acusados del asesinato del policía Degan, hubiesen preparado, ni encubierto siquiera, una conspiración que rematase en su muerte. Los testigos fueron los policías mismos, y cuatro anarquistas comprados, uno de ellos confeso de perjurio. Lingg mismo, cuyas bombas eran semejantes, como se vio por el casquete, a la de Haymarket, estaba, según el proceso, lejos de la catástrofe. Parsons, contento de su discurso, contemplaba la multitud desde una casa vecina. El perjuro fue quien dijo, y desdijo luego, que vio a Spies encender el fósforo con que se prendió la mecha de la bomba. Que Lingg cargó -con otro hasta un rincón cercano a la plaza el baúl de cuero. Que la noche de los seis muertos del molino acordaron los anarquistas, a petición de Engel, armarse para resistir nuevos ataques, y publicar en el “Arbeiter” la palabra “ruhe”. Que Spies estuvo un instante en el lugar donde se tomó el acuerdo. Que en su despacho había bombas, y en una u otra casa rimeros de “manuales de guerra revolucionaria”!. Lo que sí se probó con prueba plena, fue que, según todos loe testigos adversos, el que arrojó la bomba era un desconocido. Lo que sí sucedió fue que Parsons, hermano amado de un noble general del Sur, se presentase un día espontáneamente en el tribunal a compartir la suerte de sus compañeros. Lo que si estremece es la desdicha de la leal Nina Van Zandt, que prendada de la arrogante hermosura y dogma humanitario de Spies, se le ofreció de esposa en el dintel de la muerte, y -de mano de su madre, de distinguida familia, casó en la persona de su hermano con el preso; llevó a su reja día sobre día el consuelo de su amor, libros y flores; publicó con sus ahorros, para allegar recursos a la defensa, la autobiografía soberbia y breve de su desposado: y se fue a echar de rodillas a los pies del gobernador. Lo que sí pasma es la tempestuosa elocuencia de la mestiza Lucy Parsons, que paseó los Estados Unidos, aquí rechazada, allí silbada, allá presa, hoy seguida de obreros llorosos, mañana de campesinos que la echan como a bruja, después de catervas crueles de chicuelos, para “pintar al mundo el horror de la condición de castas infelices, mayor mil veces que el de los medios propuestos para terminarlo”. ¿El proceso? Los siete fueron condenados a muerte en la horca, y Neebe a la penitenciaría, en virtud de un cargo especial de conspiración de homicidio de ningún modo probado, por explicar en la prensa y en la tribuna las doctrinas cuya propaganda les permitía la ley; ¡y han sido castigadas en Nueva York, en un caso de excitación directa a la rebeldía, con doce meses de cárcel y doscientos cincuenta pesos de multa! ¿Quién que castiga crímenes, aun probados, no tiene en cuenta las circunstancias que los precipitan, las pasiones que los atenúan, y el móvil con que se cometen? Los pueblos, como los médicos, han de preferir prever la enfermedad, o curarla en sus raíces, a dejar que florezca en toda su pujanza para combatir el mal desenvuelto por su propia culpa, con medios sangrientos y desesperados.
Pero no han de morir los siete. El año pasa. La Suprema Corte, en dictamen indigno del asunto, confirma la sentencia de muerte. ¿Qué sucede entonces, sea remordimiento o miedo, que Chicago pide clemencia con el mismo ‘ardor con que pidió antes castigo: que los gremios obreros de la república envían al fin a Chicago sus representantes para que intercedan por los culpables de haber amado la causa obrera con exceso; que iguala el clamor de odio de la nación al impulso de piedad de los que asistieron, desde la crueldad que lo provocó al crimen?
La prensa entera, de San Francisco a Nueva York, falseando el proceso, pinta a los siete condenados como bestias dañinas, pone todas las mañanas sobre la mesa de almorzar, la imagen de los policías despedazados por la bomba; describe sus hogares desiertos, sus niños rubios como el oro, sus desoladas viudas. ¿Qué hace ese viejo gobernador, que no confirma la sentencia? ¡Quién nos defenderá mañana, cuando se alce el monstruo obrero, si la policía ve que el perdón de sus enemigos los anima a reincidir en el crimen! ¡Qué ingratitud para con la policía, no matar a esos hombres! “¡No!“, grita un jefe de la policía, a Nina Van Zandt, que va con su madre a pedirle una firma de clemencia sin poder hablar del llanto. ¡Y ni una mano recoge de la pobre criatura el memorial que uno por uno, mortalmente pálida, les va presentando!
¿Será vana la súplica de Félix Adler, la recomendación de los jueces del Estado, el alegato magistral en que demuestra la torpeza y crueldad de la causa Trumbull? La cárcel es jubileo: de la ciudad salen y entran repletos los trenes: Spies, Fielden y Schwab han firmado, a instancias de su abogado, una carta al gobernador donde aseguran no haber intentado nunca recursos de fuerza: los otros no, los otros escriben al gobernador cartas osadas: “¡la libertad, o la muerte, a que no tenemos miedo!” ¿Se salvará ese cínico de Spies, ese implacable Engel, ese diabólico Parsons? Fielden y Schwab acaso se salven, porque el proceso dice de ellos poco, y, ancianos como son, el gobernador los compadece, que es también anciano.
En romería van los abogados de la defensa, los diputados de los gremios obreros, las madres, esposas y hermanas de los reos, a implorar por su vida, en recepción interrumpida por los sollozos, ante el gobernador. ¡Allí, en la hora real, se vio el vacío de la elocuencia retórica! ¡Frases ante la muerte! “señor, dice un obrero, ¿condenarás a siete anarquistas a morir porque un anarquista lanzó una bomba contra la policía, cuando los tribunales no han querido condenar a la policía de Pinkerton, porque uno de sus soldados mató sin provocación de un tiro a un niño obrero?” Sí: el gobernador los condenará; la república entera le pide que los condene para ejemplo: ¿quién puso ayer en la celda de Lingg las cuatro bombas que descubrieron en ella los llaveros?: ¿de modo que esa alma feroz quiere morir sobre las ruinas de la cárcel, símbolo a sus ojos de la maldad del mundo? ¿a quién salvará por fin el gobernador Oglesby la vida?
¡No será a Lingg, de cuya celda, sacudida por súbita explosión sale, como el vapor de un cigarro, un hilo de humo azul! Allí está Lingg tendido vivo, despedazado, la cara un charco de sangre, los dos ojos abiertos entre la masa roja: se puso entre los dientes una cápsula de dinamita que tenía oculta en el lujoso cabello, con la bujía encendió la mecha, y se llevó la cápsula a la barba: lo cargan brutalmente: lo dejan caer sobre el suelo del baño: cuando el agua ha barrido los coágulos, por entre los jirones de carne caída se le ve la laringe rota, y, como las fuentes de un manantial, corren por entre los rizos de su cabellera, vetas de sangre. ¡Y escribió! ¡Y pidió que lo sentaran! ¡Y murió a las seis horas -cuando ya Fielden y Schwab estaban perdonados, cuando convencidas de la desventura de sus hombres, las mujeres, las mujeres sublimes, están llamando por última vez, no con flores y frutas como en los días de la esperanza, sino pálidas como la ceniza, a aquellas bárbaras puertas!
La primera es la mujer de Fischer: ¡la muerte se le conoce en los labios blancos! Lo esperó sin llorar: pero ¿saldrá viva de aquel abrazo espantoso?: ¡así, así se desprende el alma del cuerpo! El la arrulla, le vierte miel en los oídos, la levanta contra su pecho, la besa en la boca, en el cuello, en la espalda. “¡Adiós!“: la aleja de sí, y se va a paso firme, con la cabeza baja y los brazos cruzados. Y Engel ¿cómo recibe la visita postrera de su hija? ¿no se querrán, que ni ella ni él quedan muertos? ¡oh, sí la quiere, porque tiemblan los que se llevaron del brazo a Engel al recordar, como de un hombre que crece de súbito entre sus ligaduras, la luz llorosa de su última mirada! “¡Adiós, mi hijo!” dice tendiendo los brazos hacia él la madre de Spies, a quien sacan lejos del hijo ahogado, a rastras. “¡Oh, Nina, Nina!” exclama Spies apretando a su pecho por primera y última vez a la viuda que no fue nunca esposa: y al borde de la muerte se la ve florecer, temblar como la flor, deshojarse como la flor, en la dicha terrible de aquel beso adorado.
No se la llama desmayada, no; sino que, conocedora por aquel instante de la fuerza de la vida y la beldad de la muerte, tal como Ofelia vuelta a la razón, cruza, jacinto vivo, por entre los alcaides, que le tienden respetuosos la mano. Y a Lucy Parsons no la dejaron decir adiós a su marido, porque lo pedía, abrazada a sus hijos, con el calor y la furia de las llamas.
Y ya entrada la noche y todo oscuro en el corredor de la cárcel pintado de cal verdosa, por sobre el paso de los guardias con la escopeta al hombro, por sobre el voceo y risas de los carceleros y escritores, mezclado de vez en cuando a un repique de llaves, por sobre el golpeo incesante del telégrafo que el “Sun” de Nueva York tenía en el mismo corredor establecido, y culebreaba, reñía, se desbocaba, imitando, como una dentadura de calavera, las inflexiones de la voz del hombre, por sobre el silencio que encima de todos estos ruidos se cernía, oíanse los últimos martillazos del carpintero en el cadalso. Al fin del corredor se levantaba el cadalso. “¡Oh, las cuerdas son buenas: ya las probó el alcaide!” “El verdugo halará, escondido en la garita del fondo, de la cuerda que sujeta el pestillo de la trampa.” “La trampa está firme, a unos diez pies del suelo. ” “No: los maderos de la horca no son nuevos: los han repintado de ocre, para que parezcan bien en esta ocasión; porque todo ha de hacerse decente, muy decente.” “Sí, la milicia está a mano: y a la cárcel no se dejará acercar a nadie.” “¡De veras que Lingg era hermoso!” Risas, tabacos, brandy, humo que ahoga en sus celdas a los reos despiertos. En el aire espeso y húmedo chisporrotean, cocean, bloquean, las luces eléctricas. Inmóvil sobre la baranda de las celdas, mira al cadalso un gato… ¡cuando de pronto una melodiosa voz, llena de fuerza y sentido, la voz de uno, de estos hombres a quienes se supone fieras humanas, trémula primero, vibrante enseguida, pura luego y serena, como quien ya se siente libre de polvo y ataduras, resonó en la celda de Engel, que, arrebatado por el éxtasis, recitaba “El Tejedor” de Henry Keine, como ofreciendo al cielo el espíritu, con los dos brazos en alto:
 
Con ojos secos, lúgubres y ardientes,
Rechinando los dientes,
Se sienta en su telar el tejedor:
¡Germania vieja, tu capuz zurcimos!
Tres maldiciones en la tela urdimos;
¡Adelante, adelante el tejedor!
 
¡Maldito el falso Dios que implora en vano,
En invierno tirano,
Muerto de hambre el jayán en su obrador!
¡En vano fue la queja y la esperanza!
Al Dios que nos burló, guerra y venganza:
¡Adelante, adelante el tejedor!
 
¡Maldito el falso rey del poderoso
Cuyo pecho orgulloso
Nuestra angustia mortal no conmovió!
¡El último doblón nos arrebata,
Y como a perros luego el rey nos mata!
¡Adelante, adelante el tejedor!
 
¡Maldito el falso Estado en que florece,
Y como yedra crece
Vasto y sin tasa el público baldón;
Donde la tempestad la flor avienta
Y el gusano con podre se sustenta!
¡Adelante, adelante el tejedor!
 
¡Corre, corre sin miedo, tela mía!
¡Corre bien noche y día
Tierra maldita, tierra sin honor!
Con mano firme tu capuz zurcimos:
Tres veces, tres, la maldición urdimos:
¡Adelante, adelante el tejedor!
 
Y rompiendo en sollozos se dejó Engel caer sentado en su litera, hundiendo en las palmas el rostro envejecido. Muda lo había escuchado la cárcel entera, los unos como orando, los presos asomados a los barrotes, estremecidos los escritores y los alcaides, suspenso el telégrafo, Spies a medio sentar. Parsons de pie en su celda, con los brazos abiertos, como quien va a emprender el vuelo.
El día sorprendió a Engel hablando entre sus guardias, con la palabra voluble del condenado a muerte, sobre lances curiosos de su vida de conspirador; a Spies, fortalecido por el largo sueño; a Fischer, vistiéndose sin prisa las ropas que se quitó al empezar la noche, para descansar mejor ; a Parsons, cuyos labios se mueven sin cesar, saltando sobre sus vestidos, después de un corto sueño histérico.
“¡Oh, Fischer, cómo puedes estar tan sereno, cuando el alcaide que ha de dar la señal de tu muerte, rojo por no llorar, pasea como una fiera la alcaidía!” – “Porque” -responde Fischer, clavando una mano sobre el brazo trémulo del guarda y mirándole de lleno en los ojo “creo que mi muerte ayudará a la causa con que me desposé desde que comencé mi vida, y amo yo más que a mi vida misma, la causa del trabajador, -¡y porque mi sentencia es parcial, ilegal e injusta!” “¡Pero, Engel, ahora que son las ocho de la mañana, cuando ya sólo te faltan dos horas para morir, cuando en la bondad de las caras, en el afecto de los saludos, en los maullidos lúgubres del gato, en el rastreo de las voces, y los pies, estás leyendo que la sangre se te hiela, cómo no tiemblas, Engel!“ -“¿Temblar porque me han vencido aquellos a quienes hubiera querido yo vencer ? Este mundo no, me parece justo; y yo he batallado, y batallo ahora con morir, para crear un mundo justo. ¿Qué me importa que mi muerte sea un asesinato judicial? ¿Cabe en un hombre que ha abrasado una causa tan gloriosa como la nuestra desear vivir cuando puede morir por ella? ¡No: alcaide, no quiero drogas: quiero vino de Oporto!” Y uno sobre otro se bebe tres vasos… Spies, con las piernas cruzadas, como cuando pintaba para el “Arbeiter Zeitung” el universo dichoso, color de llama y hueso, que sucedería a esta civilización de esbirros y mastines, escribe largas cartas, las lee con calma, las pone lentamente en sus sobres, y una u otra ves deja descansar la pluma, para echar al aire, reclinado en su silla, como los estudiantes alemanes, bocanadas y aros de humo: ;oh, patria, rafz de la vida, que aun a los que te niegan por el amor más vasto a la humanidad, acudes y confortas, como aire y como luz, por mil medios sutiles! “Sí, alcaide, dice Spies, beberé un vaso de vino del Rhin!“… Fischer, Fischer alemán, cuando el silencio comenzó a ser angustioso, en aquel instante en que en las ejecuciones como en los banquetes callan a la ves, como ante solemne aparición, los concurrentes todos, prorrumpió, iluminada la faz por venturosa sonrisa, en las estrofas de “La Marsellesa” que cantó con la cara vuelta al cielo… Parsons a grandes pasos mide d cuarto: tiene delante un auditorio enorme, un auditorio de ángeles que surgen resplandecientes de la bruma, y l ofrecen, para que como astro purificante cruce el mundo, la capa de fuego del profeta Elías: tiende las manos, como para recibir el don, vuélvese hacia la reja, como para enseñar a los matadores de su triunfo: gesticula, argumenta, sacude d puño alzado, y la palabra alborotada al dar contra los labios se le extingue, como en la arena movediza se confunden y perecen las olas.-
Llenaba de fuego el sol las celdas de tres de los reos, que rodeados de lóbregos muros parecían, como el bíblico, vivos en medio de las llamas, cuando el ruido improviso, los pasos rápidos, el cuchicheo ominoso,el alcaide y los carceleros que aparecen a sus rejas, el color de sangre que sin causa visible enciende la atmósfera, les anuncian, lo que oyen sin inmutarse, que es aquélla la hora!
Salen de sus celdas al pasadizo angosto: ¿Bien?-“¡Bien!“; Se dan la mano, sonríen, crecen. “¡vamos!” El médico les había dado estimulantes: a Spies y a Fischer les trajeron vestidos nuevos; Engel no quiere quitarse sus pantuflas de estambre. Les leen la sentencia a cada uno en su celda ; les sujetan las manos por la espalda con esposas plateadas: les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero: les echan por sobre la cabeza, como la túnica de los catecúmenos cristianos, una mortaja blanca: ¡abajo la concurrencia sentada en hileras de sillas delante del cadalso como en un teatro! Ya vienen por el pasadizo de las celdas, a cuyo remate se levanta la horca; delante va el alcaide, lívido: al lado de cada reo, marcha un corchete. Spies va a paso grave, desgarradores los ojos azules, hacia atrás el cabello bien peinado, blanco como su misma mortaja, magnífica la frente: Fischer le sigue, robusto y poderoso, enseñándose por el cuello la sangre pujante, realzados por el sudario los fornidos miembros. Engel anda detrás a la manera de quien va a una casa amiga, sacudiéndose el sayón incómodo con los talones. Parsons, como si tuviese miedo a no morir, fiero, determinado, cierra la procesión a paso vivo. Acaba el corredor, y ponen el pie en la trampa: las cuerdas colgantes, las cabezas erizadas, las cuatro mortajas.
Plegaria es el rostro de Spies; el de Fischer, firmeza, el de Parsons, orgullo radioso; a Engel, que hace reír con un chiste a su corchete, se le ha hundido la cabeza en la espalda. Les atan las piernas, al uno tras el otro, con una correa. A Spies el primero, a Fischer, a Engel, a Parsons, les echan sobre la cabeza, como el apagavelas sobre las bujías, las cuatro caperuzas. Y resuena la voz de Spies, mientras están cubriendo las cabezas de sus compañeros, con un acento que a los que lo oyen la entra en las carnes: “‘La voz que vals a sofocar será más poderosa en lo futuro, que cuantas palabras pudiera yo decir ahora.” Fischer dice, mientras atiende el corchete a Engel: “¡Este es el momento más feliz de mi vida!” “¡Hurra por la anarquía!” dice Engel, que había estado moviendo bajo el sudario hacia el alcaide las manos amarradas. “¡Hombre y mujeres de mi querida América…” empieza a decir Parsons. Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando. Parsons ha muerto al caer, gira de prisa, y cesa: Fischer se balancea, retiembla, quiere zafar del nudo el cuello entero, estira y encoge las piernas, muere: Engel se mece en su sayón flotante, le sube y baja el pecho como la marejada, y se ahoga: Spies, en danza espantable, cuelga girando como un saco de muecas, se encorva, se alza de lado, se da en la frente con las rodillas, sube una pierna, extiende las dos, sacude los brazos, tamborinea: y al fin expira, rota la nuca hacia adelante, saludando con la cabeza a los espectadores.
Chicago

Dibujo de la época

Y dos días después, dos días de escenas terribles en las casas, de desfile constante de amigos llorosos; ante los cadáveres amoratados, de señales de duelo colgadas en puertas miles bajo una flor de seda roja, de muchedumbres reunidas con respeto para poner a los pies de los ataúdes rosas y guirnaldas, Chicago asombrado vio pasar tras las músicas fúnebres, a que precedía un soldado loco agitando como desafío un pabellón americano, el ataúd de Spies, oculto bajo las coronas; el de Parsons, negro, con catorce artesanos atrás que cargaban presentes simbólicos de flores; el de Fischer, ornado con guirnalda colosal de lirio y clavellinas; los de Engel y Lingg, envueltos en banderas rojas, -y los carruajes de las viudas, recatadas hasta los pies por velos de luto, -y sociedades, gremios, vereins, orfeones, diputaciones, trescientas mujeres en masa, con crespón al brazo, seis mil obreros tristes y descubiertos que llevaban al pecho la rosa encarnada.
Y cuando desde el montículo del cementerio, rodeado de veinticinco mil almas amigas, bajo el cielo sin sol que allí corona estériles llamadas, habló el capitán Black, el pálido defensor vestido de negro, con la mano tendida sobre los cadáveres:-“¿Qué es la verdad, -decía, en tal silencio que se oyó gemir a las mujeres dolientes y al concurso, -¿qué es la verdad que desde que el de Nazareth la trajo al mundo no la conoce el hombre hasta que con sus brazos la levanta y la paga con la muerte?

¡Estos no son felones abominables, sedientos de desorden, sangre y violencia, sino hombres que quisieron la paz, y corazones llenos de ternura, amados por cuantos los conocieron y vieron de cerca el poder y la gloria de sus vidas: su anarquía era el reinado del orden sin la fuerza: su sueño, un mundo nuevo sin miseria y sin esclavitud: su dolor, el de creer que el egoísmo no cederá nunca por la paz a la justicia: ¡oh cruz de Nazareth, que en estos cadáveres se ha llamado cadalso!”

De la tiniebla que a todos envolvía, cuando del estrado de pino iban bajando los cinco ajusticiados a la fosa, salió una voz que se adivinaba ser de barba espesa, y de corazón grave y agriado: “¡Yo no vengo a acusar ni a ese verdugo a quien llaman alcaide, ni a la nación que ha estado hoy dando gracias a Dios en sus templos porque han muerto en la horca estos hombres, sino a los trabajadores de Chicago, que han permitido que les asesinen a cinco de sus más nobles amigos!“… La noche, y la mano del defensor sobre aquel hombro inquieto, dispersaron los concurrentes y los hurras: flores, banderas, muertos y afligidos, perdíanse en la misma negra sombra: como de olas de mar venía de lejos el ruido de la muchedumbre en vuelta a sus hogares. Y decía el “Arbeiter Zeitung” de la noche, que al entrar en la ciudad recibió el gentío ávido: “¡Hemos perdido una batalla, amigos infelices, pero veremos al fin al mundo ordenado conforme a la justicia: seamos sagaces como las serpientes, e inofensivos como las palomas!”

JOSÉ MARTÍ

Fuentes:

http://seniales.blogspot.it/2012/05/los-martires-de-chicago-por-jose-marti.html

http://martianos.ning.com/profiles/blogs/cr-nica-de-jos-mart-sobre-el-proceso-y-la-ejecuci-n-de-los-m

http://constitucionweb.blogspot.it/2010/04/la-cronica-de-jose-marti-en-el-diario.html

main-stream.it

para atreverse a cambiar el mundo

Leonardo Boff

O site recolhe os artigos que escrevo semanalmente e de alguns outros que considero notáveis.Os temas são ética,ecologia,política e espiritualidade.

Proyecto Frankenstein

para atreverse a cambiar el mundo

Espacio de Arpon Files

para atreverse a cambiar el mundo

A %d blogueros les gusta esto: