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realidades asexuadas? LA IDEOLOGÍA DE GENERO CONTRA EL SEXO

Un articulo de
GUILLERMO ANDRADE

La idea subyacente a la “ideología de género” se basa en que el cuerpo no es determinante ni en la vida psíquica ni en la vida social, porque somos de partida seres humanos antes de ser hombre, mujer u otro

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Ceci n’est plus une femme” [“Esto ya no es una mujer”], titulaba la revista francesa Éléments (nº 145), junto a una foto de, nada menos, Brigitte Bardot, símbolo sexual de una época. Porque, en efecto, al menos según las teorías del género, una mujer puede ser otra cosa que una mujer…, dado que la identidad sexual es subjetiva y que un “ser humano” no tiene por qué definirse en términos de masculinidad o feminidad. Incluso es posible que no deba ser una mujer, de acuerdo a posiciones extremas de la ideología. Pues a diferencia de las teorías científicas, confrontables por definición (más aún, para Karl Popper, el criterio de cientificidad de una teoría es que sea “falseable” o refutable), en este caso se ha llegado a lo que es verdadera y propiamente ideología, si no teología o religión –por definición, no susceptible de discusión. Y ya se saben los estragos que la misma ha hecho en la legislación, en la educación y en los media, en Chile como en otras naciones.

Alain de Benoist (Les démons du bien. Du nouvel ordre moral à l’idéologie du genre) recuerda el origen de la ideología que nos ocupa. La palabra “género” (gender), en el sentido en que se la emplea hoy, nace en inglés en medios ligados a la psiquiatría en los años 1950 y 60. La socióloga Ann Oakley la introduce en el vocabulario feminista en 1972, y los gender studies desplazan a los women studies en las universidades norteamericanas. Judith Butler publica en 1990 su libro Gender Trouble. Feminism and the Subversion of Identity, dando su forma canónica a las “teorías del género”. Cinco años después, en la Cumbre de Pekín sobre la Mujer, organizada por la ONU, la palabra “género” aparece por primera vez en documentos oficiales. En 2011, el Consejo de Europa define oficialmente el género como “los roles, los comportamientos, las actividades y las atribuciones socialmente construidas, que una sociedad dada considera como apropiadas para las mujeres y los hombres” (art. 3c de la Convención sobre la Prevención y Lucha contra la violencia hacia las mujeres). Otros documentos similares, legales u oficiosos, han florecido en todas partes.

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Hostilidad hacia el cuerpo

La ideología del género sostiene que la identidad sexual no depende para nada del sexo biológico, sino de los roles sociales atribuidos a los individuos por la educación o la cultura. Las orientaciones sexuales serían independientes del sexo; el género resultaría exclusivamente de la interiorización social de un cierto número de condicionamientos, “prejuicios” o “estereotipos” adquiridos por efecto de las presiones culturales o sociales. Las diferencias de comportamiento que se observan entre niños y niñas, luego entre hombres y mujeres, se explicarían únicamente por la interiorización de esos estereotipos inculcados desde la infancia. En suma, la diferencia entre los sexos no preexiste a su “construcción social”.

El punto de partida de la teoría, indica Alain de Benoist, reside en una hostilidad radical hacia la “naturaleza”, al cuerpo sexuado en especial. El cuerpo deja de ser el dato inicial a través del cual pertenecemos a la especie. La pertenencia a la especie es desligada de modo metafísico de toda “encarnación”: preexiste al sexo. “La idea subyacente a esta concepción del género es (…) decir que el cuerpo no es determinante ni en la vida psíquica ni en la vida social, porque somos de partida seres humanos antes de ser hombre, mujer u otro” (Tony Anatrella, Gender: les origines et enjeux, 2011). Probablemente se pueda encontrar aquí –agregamos por nuestra parte– el horror gnóstico hacia el cuerpo, impuro y hecho de pecado, como toda la materia, creación del Dios malvado.

En esta perspectiva, prosigue Alain de Benoist, la heterosexualidad no es más que una “construcción sociopolítica” –que, curiosamente, se encuentra en todas las culturas. Así, Judith Butler se fija como objetivo desestabilizar socialmente “el falogocentrismo y la heterosexualidad obligatoria” (!). Eric Fassin declara por su parte, que el objeto de los estudios de género es “pensar un mundo en que la heterosexualidad no sería normal” (Fassin & V. Margron, Homme, femme, quelle différence?, 2011).

Lo que pretenden las teorías del género no es, como alguien podría creer, legitimar la homosexualidad, sino negar la realidad de los sexos y de toda identidad fundada en el sexo. La idea mayor que pretende hacer aceptar es que nada en el hombre está dado o normado de partida, que todo es construido, luego modificable a voluntad en función de nuestros deseos. Las elecciones no se hacen a partir de condiciones preexistentes y la vida social se reduce, por ende, a una negociación entre deseos e intereses particulares. Es el triunfo de la subjetividad: supuestamente, cada uno se construye a sí mismo a su gusto, independientemente de la dualidad de los sexos y de lo social, a partir de la nada y en la suficiencia de sí.

Indiferencia por la diferencia

No se trata ya, por tanto, de liberarse del “patriarcado” o de la dominación masculina –como en generaciones anteriores de feministas–, sino lisa y llanamente de liquidar la diferencia sexual. Monique Wittig declara muy seriamente que hay que “destruir política, filosófica y simbólicamente las categorías de ‘hombre’ y de ‘mujer’”, porque serían “normativas y alienantes” (La pensée straight, 2007). Caroline De Haas, consejera de la ministra de Derechos de las Mujeres en el gobierno de Hollande, combate el “esencialismo” consistente en creer que hombres y mujeres tuvieran una esencia propia, que les daría características específicas y complementarias (Le Monde, 24/8/11). De Haas propone deconstruir “la llamada complementariedad de los sexos” a favor de una “complementariedad indistinta de los seres”.

Una mujer no tendría por qué preferir sus propios hijos a los del vecino, simplemente por el hecho de que son biológicamente los suyos, en tanto “todos tienen el mismo valor moral en tanto seres humanos”, escribe en la misma sintonía Ruwen Ogien (Philosophie Magazine, 2012). Impulsada por la aspiración hacia lo indiferenciado, la ideología del género predica abiertamente la indiferencia hacia las diferencias, comenta Alain de Benoist.

“Uno no escoge su sexo, y no hay sino dos”, escribe el psiquiatra Michel Schneider. Desde el punto de vista de su sexo biológico, gays y lesbianas son, respectivamente, hombres y mujeres como los demás. Lo que los distingue son sus preferencias sexuales, que pueden no ser “normales”, en el sentido en que la heterosexualidad es necesariamente la norma en una especie sexuada –porque son los heterosexuales los que aseguran la reproducción de la especie–; pero son naturales en el sentido de que esas preferencias han existido en todas las latitudes y en todas las épocas, apunta De Benoist. Hay pues sólo dos sexos, pero hay una pluralidad de prácticas, orientaciones o preferencias sexuales. A partir de esta observación bastante trivial, la ideología del género busca hacer creer que hay una multiplicidad de sexos y que se podría permanentemente pasar de una identidad sexual a otra.

Mas el sexo no condiciona solamente los deseos individuales, sino también las conductas y las prácticas sociales. De aquí la noción de “género”, dimensión socio-histórica, cultural y simbólica de la pertenencia al sexo biológico. No es tanto un atributo o una cualidad de las personas, como una “modalidad de las relaciones sociales instituidas” (Irène Théry, La distinction de sexe, 2007). Esta construcción no es unívoca, advierte el pensador francés, pero tampoco es arbitraria, en el sentido que siempre remite a uno u otro sexo. Si el reparto de los roles masculino-femenino sufre la influencia de la sociedad, la identidad sexual depende del sexo fenotípico y del nacimiento. Michel Kreutzer escribe: “no puede haber género… mas que si hay sexo. No se podría concebir la noción de género en un contexto de reproducción asexuada” (De la notion de genere appliquée au monde animal, en Revue du MAUSS, 1/9/12).

Y cómo la etnología se pone al servicio del militantismo, según nos muestra David L’Épée. Se encuentra de nuevo allí el mito del matriarcado primitivo, polígamo y comunista. Sin embargo, observa L’Epée, los más antiguos de esos autores, y especialmente los de la escuela marxista, no apuntaban a la deconstrucción del sexo y se trataba para ellos, más bien, de cuestionar diversas desigualdades (derechos, salario, etc.). Otras feministas, como Louise Michel o Emma Goldman, han predicado la igualdad entre los sexos en la conservación de las especificidades propias de cada uno. Las feministas de la gender theory piensan, en cambio, que son esas especificidades (discriminantes por definición y en su mayor parte creadas por los hombres) lo que habría que liquidar.

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¿Por qué los sexos?

La reproducción sexuada favorece una variación genética que la reproducción no sexuada no permite. Al favorecer la diversidad, la reproducción sexuada permite eliminar más rápidamente las mutaciones dañinas del stock genético y refuerza la capacidad de los organismos a adaptarse al medio. El sexo es, pues, la condición de la supervivencia de la especie. Pero esto no significa, advierte De Benoist, que tenga como única función la reproducción. La sexualidad humana se distingue de la sexualidad de otras especies superiores por varios rasgos esenciales, y el primero de ellos es la disponibilidad sexual permanente de las mujeres. El placer sexual desempeña entre los humanos un papel más importante que en la mayor parte de otras especies animales. También es un rasgo muy marcado en nuestra especie la importancia determinante de los criterios para la elección de pareja sexual.

¿Acaso no se es un “ser humano” antes de ser “hombre o mujer”? Es lo que sostiene la ideología del género; donde “antes” tiene un sentido temporal. Así, Judith Butler sostiene que el cuerpo es, originalmente, una “materia neutra” –a la manera, recuerda Alain de Benoist, como los teóricos de la Ilustración hacían del espíritu una tabula rasa en el momento del nacimiento. La realidad es que el sexo (XX o XY) se decide desde la fecundación del ovocito por el espermatozoide; es decir, antes de la aparición morfológica de los órganos genitales. El SRY (Sex-determining region of the Y chromosome) determina definitivamente el sexo entre la 6ª y 8ª semana de gestación; los órganos genitales están formados a las 15 semanas de desarrollo embrionario. La testosterona está en relación di recta con la conformación no sólo de esos órganos, sino de los rasgos del rostro y del cuerpo. “No se es humano antes de ser hombre o mujer; la diferencia de los sexos es la diferencia de las diferencias. Funda las otras…”, dice Michel Schneider (La confusion des sexes, 2007). “El espíritu es sexuado, como el cuerpo; tan sexuado como el cuerpo”, sostiene por su parte el neuropsiquiatra Jean-Paul Mialet, agregando: “en la inmensa mayoría de los casos, el sexo del espíritu es el mismo que el del cuerpo” (Sex aequo, 2011). Y Lise Eliot, especialista en neurociencia de la Universidad Rosalind Franklin de la Universidad de Chicago:

“Sí, niños y niñas son diferentes; tienen centros de interés diferentes, umbrales sensoriales diferentes, niveles de actividad diferentes, reacciones emocionales diferentes, capacidades de concentración diferentes y aptitudes intelectuales diferentes” (Cerveau bleu, cerveau rose. Les neurones ont-ils un sexe?, 2011).

Para no anotar una larga serie de diferencias científicamente comprobables, es interesante detenerse en la actitud relativa de hombres y mujeres ante el sexo. Que el hombre sea “más naturalmente polígamo” que la mujer se explica en la perspectiva de la evolución. El “interés procreativo” del hombre le impulsa a tener un gran número de parejas diferentes para maximizar las oportunidades de trasmisión de sus genes, mientras que el de la mujer pasa por establecer con el padre de sus hijos un lazo que garantice su seguridad. En el interés de la conservación de la especie, es sin duda preferible que los machos diseminen sus genes y que las hembras escojan los mejores genes, observa J-P. Mialet. Por ello las mujeres discriminan mucho más en el momento de elegir pareja, lo que aumenta la competencia de los machos para la obtención de hembras.

Deslegitimación de toda forma de autoridad

Un “neofeminismo moralizador y represivo”, en Francia como en otros países, no sólo ha inducido a una hipersensibilidad ante los delitos sexuales (¡Dominique Strauss-Kahn ha sido más criticado por su abuso de una camarera que por haber contribuido al empobrecimiento de millones como director del FMI!), a la feminización de los nombres de funciones (“la presidenta”) o al uso de plurales redundantes (“alumnos y alumnas” y esta perla: “todos y todas”). Ha acompañado en casi todas partes a la modificación del derecho de familia en detrimento de la patria potestad, y en algunas, ya, a la abolición de la trasmisión automática del apellido del padre a sus hijos (Francia, 2004) o incluso a la desaparición de los términos “padre” y “madre” (reemplazadas por “parent 1” y “parent 2” en documentos oficiales ingleses, 2011). La paternidad tiende a ser reemplazada por la “parentalidad” y, de hecho biológico, deviene un juego de roles abierto a todos. Las sociedades se feminizan al mismo tiempo que se infantilizan.

El fin de la función propiamente paternal, provocada por la deslegitimación de todas las formas de autoridad al interior de la familia, tiene un efecto más hondo que la supresión de ciertas “desigualdades” entre los padres. Una sociedad en que el padre no asume más esta función, sea que no quiera, sea que no pueda, es una sociedad que fabrica por millares individuos inmaduros, narcisistas, que no han podido resolver jamás su complejo de Edipo, dice Alain de Benoist. Y Jean-Claude Michéa ha mostrado que esta “reconfiguración antropológica” se ajusta perfectamente a una sociedad capitalista que quiere deslegitimar todas las figuras de la autoridad, a fin de que se generalice ese “nuevo tipo de individuo artificialmente mantenido en la infancia, del que el consumidor compulsivo representa la figura emblemática y cuya adicción al goce inmediato ha llegado a ser el signo distintivo” (Le complexe d’Orphée, 2011). Agrega Michéa: “La civilización liberal es la primera en la historia de la humanidad que tiende a privar al sujeto individual de todos los apoyos simbólicos colectivos necesarios para su humanización y que hace más y más problemática esa separación indispensable de la madre sin el cual no hay autonomía personal concebible”.

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