El unico modo

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LA COMPASION DE LOS VEGETARIANOS Y LA CONDICION HUMANA

                                                                                                      
Desde que por motivos éticos y personales decidí iniciar un régimen alimenticio privo de carne, me veo casi en la obligación cotidiana de justificar mi dieta frente a amigos, parientes y conocidos con quienes comparto la mesa.  Cuando el clima es ameno y dispongo del tiempo, suelo narrar esta historia que me contó un vecino en los tiempos en que vivía en la campaña  de los pre-alpes piemonteses y que marcó el inicio de mi búsqueda personal de la verdad sobre la alimentación.
Frontispicio del ex matadero de la ciudad de Roma

Frontispicio del ex matadero de la ciudad de Roma

Se trataba de un excelente vecino con quien nos ayudábamos mutuamente y al que un día, para estrechar mayor amistad invité a comer junto con su familia. Aceptó muy agradecido mi convite, pero me advirtió que ni él ni los suyos comían carne. Para mi esto no constituía un gran problema porque tampoco nosotros  eramos grandes devoradores de carne. Todavía, en la sobremesa, casi disculpándose y con timidez, mi vecino  nos narro esta historia de sus hábitos alimenticios:
“_Algunos años  atrás vivía muy sobriamente en una zona rural con mi familia porque, aun siendo mi mujer y yo egresados universitarios, habíamos decidido adoptar un modo de vida tradicional y respetuoso de la naturaleza. Los niños eran pequeños y  mi esposa los atendía junto con las tareas domesticas, como asimismo a una hermosa huerta con algunos árboles frutales. Yo trabajaba esporádicamente, y a veces hasta como obrero de la construcción para obtener un salario;y en mi tiempo libre, ademas de hacer leña, podar la vegetación y ampliar y mantener la casa, criaba conejos para apuntalar la dieta de los míos con las proteínas de la carne.
A pesar de que todos, incluidos los niños, trabajábamos duramente para vivir, hoy recordamos aquella etapa de nuestra vida como uno de los momentos mas felices en absoluto. Entre los muchos tesoros que recogimos como experiencias de vida, por entonces, estuvo el de la compasión.
Habíamos construido un enorme recinto para los conejos que tenia un murito bajo en ladrillos y que se hundía, aveces hasta mas de un metro en el terreno hasta tocar la roca -que era el basamento de la zona colinar que habitábamos- para permitirles construir sus madrigueras y al mismo tiempo evitar la fuga. Del muro, que sobresalía unos 40 centímetros del terreno, partía una red metálica perimetral de casi 2 metros de altura; y todo la enorme jaula estaba cubierta de chapas de zinc que pintamos de verde para integrar la construcción a la zona de bosque y prados donde se erguía. A pesar de la modestia de nuestra situación económica tratamos de reproducir dentro del recinto lo mas eficazmente posible las condiciones naturales de vida de los conejos para  ahorrarles una vida desgraciada ya que al fin les arrebataríamos la existencia.
Algunos campesinos de la zona nos dieron un macho de liebre y dos hembras de conejo para iniciar el plantel. Enseguida los niños los bautizaron “el Coco”, “la Cola” y “la Hermosa”.conejos-para
El plan parecía funcionar lo mas bien y en poco tiempo los prolificos  conejos nos empezaron a poblar la jaula. Pero antes de los 6 meses aparecieron los primeros problemas.
Una mañana planifique levantarme bien temprano para que no me vieran los niños; acerqué los conejos como hacia habitualmente dándoles hojas de acacia y atrapé uno al azar. Creo que el animal comprendió inmediatamente mis intenciones y se debatió por liberarse. Lo llevé hasta un ángulo al reparo de miradas indiscretas y lo sacrifiqué como me habían enseñado tratando, en lo posible, de evitarle sufrimientos inútiles.
Pero no es fácil que con el primer golpe en la nuca quede exánime. Después hay que degollarlo, atarle las patitas posteriores  y colgarlo con la cabeza hacia abajo para que se desangre; y abrirlo, y quitarle las entrañas y si es macho las glándulas odoríferas y finalmente, desollarlo, lo que es difícil pero sobre todo inútil porque las pieles de estos pobres seres no tienen ningún valor comercial.  En fin, hice de flaqueza coraje, o de tripas corazón como se dice en modo mas expresivo, tragué saliva considerándome casi un asesino, o al menos, el traidor de un animal que hasta pocas horas antes había confiado ingenuamente en mi.
Dejé orear mi escuálido trofeo algunas horas y finalmente lo deposité en la heladera como liberándome de él y de una infamia.
Ese domingo, mi mujer de acuerdo conmigo y siempre atenta a la alimentación de los niños cocinó una polenta con conejo, típico plato de la mas sobria tradición campesina italiana. Nos sentíamos orgullosos de llevar a la mesa una carne genuina producida por nosotros mismos y en las condiciones de crianza que nos parecían mas idóneas y naturales.
Pero los niños, apenas supieron que era carne de conejo, iniciaron sus averiguaciones. _Quién era papá? _Era un hijo de la Cola o de la Hermosa?. Mi hija, que de buena mujercita no perdía un detalle de la casa, agregó: _ Debe haber sido el “Tambor”, porque desde hace unos días no lo veo en la jaula cuando les llevo de comer.
_Era el “Tambor” papá? , preguntaron los niños a coro con sus caritas compungidas; y sobre el almuerzo cayó un velo de tristeza que nos corto el apetito a todos.
Así fue, mi amigo, continuó relatando el hombre. _A diferencia de las verduras, hortalizas, tomates y frutas que mi mujer traía del huerto y que todos devorábamos con regocijo, no lográbamos comernos los
Matadero de conejos

Matadero de conejos

conejos; ni mucho menos venderlos, porque los de criaderos intensivos costaban poquísimo y a mi me daba tristeza sacrificarlos por tan poco y miserable dinero.  Y así pasó un poco de tiempo hasta que un día me agarró un Cristo|!. Abrí la puerta del recinto y no la volví a cerrar mas. De a poco los conejos se fueron yendo, sabe solo Dios a donde…”
La convicción, pero sobre todo el pesaroso sentimiento de culpa que revelaban las palabras de mi respetado vecino, fueron el primer llamado a despertarme hacia una conciencia mas compasiva. Recordé cuando yo mismo en mi infancia, sentía arcadas frente a las jugosas costeletas a la plancha que mi madre me ponía en el plato y que mi padre, aun con violencia, me obligaba a comer  convencido de que eran indispensables para mi nutrición y salud.
L. Tolstoi

L. Tolstoi

Después leí a Tolstoi, un autor inexplicablemente poco traducido al español en sus mejores trabajos filosóficos y morales, quién sostenía en un discurso que parecía especialmente dirigido a mi comprensión:….. “Vuestra indignación frente a la idea de los animales torturados y asesinados para satisfacer la avidez humana no es sentimentalismo; por el contrario, es uno de los sentimientos mas primordiales y naturales. Pero no hay que indignarse hasta el punto de odiar  a los hombres por piedad de los animales. Sí es necesario, en cambio, actuar como impulsa a hacerlo este sentimiento; es decir,no comer carne de ningún animal sacrificado….Os advierto, todavía, que si dejáis de comer carne encontrareis una fortísima resistencia, es mas, una irritación por parte de vuestros familiares y os será demostrado con la ciencia que la carne es indispensable al hombre y que os dañáis y os creáis dificultades domesticas. Todos nosotros hemos soportado estas cosas, pero si se actúa con convicción caen todas las objeciones…la compasión es la mas preciosa cualidad del hombre…Los vegetarianos demuestran la superioridad del alimento sin carne para la salud; pero el argumento mas contundente e inobjetable es el sentimiento moral.”(1)
Descubrí también que el famoso matemático, filosofo y músico Pitágoras, del que en la escuela nos habían enseñado el teorema, los números pitagóricos y el pentagrama, había sido,en los albores de la historia de occidente, un enérgico defensor del vegetarianismo que denostó a sus contemporáneos con estas palabras: “«Dejen, hombres, de profanar sus cuerpos con alimentos impíos! Están las mieses, están los árboles cargados de frutos, están los rebosantes racimos de uva en las vides !  Están las hierbas dulces y tiernas […] Tienen a su disposición la leche y la miel perfumada de timo. La tierra, en su generosidad, les ofrece en abundancia blandos alimentos y les ofrece banquetes sin masacres ni sangre. […] Que gran crimen es tragarse las vísceras de otros en las propias; engordar el proprio cuerpo obeso a costa de otros cuerpos; y vivir, nosotros animales, de la muerte de otros animales.» (2)
A su vez Plutarco, utilizando un razonamiento que podemos juzgar “tout court” actualisimo,  en su dialogo Sobre la inteligencia de los animales condena la caza y el sacrificio de los animales porque son fuente de insensibilidad y crueldad y por ende, causa de un enorme daño social. Y sucesivamente, en Sobre el comer carne deduce brillantemente que esta horrorosa e inútil crueldad no esta vinculada a la necesidad de la pobreza sino a la arrogancia de la riqueza. Es Plutarco, de este modo quién a nuestro juicio centra plenamente el problema.
Desde épocas remotas los hombres que lograron inflar su orgullo, su estima y su prestigio a costa del grupo social del que provenían utilizaron símbolos dirigidos inmediatamente a la conciencia de los otros. Mas crecía su orgullo, poder y vanidad, mas terribles se volvían sus símbolos. Asì los personajes mas egoístas y opuestos al altruismo esencialmente humano se representaron a sì mismos como rapaces o felinos (águila y león, pero también dragones, esfinges, etc.)
Estatua de Esfinge en el Museo Metropolitano de New York

Estatua de Esfinge en el Museo Metropolitano de New York

para evidenciar su posición al vértice de las jerarquías y apropiador de todo sin que nadie les pueda quitar nada. Pero aunque ellos probablemente lo ignorasen, estos símbolos evidenciaban ademas la verdadera naturaleza inhumana –o al menos no completamente humana- de sus seres.  Toda esta arrogancia del poder y la riqueza conduciría, inevitablemente, a crímenes cada vez mayores, porque al decir de Tolstoi, “…del matar animales al matar hombres el paso es corto.”
En Gandhi, en cambio, el no comer carne asume la forma de la compasión. “…la supremacía del hombre sobre los animales inferiores no significa que estos deben ser  destruidos para vivir él, sino al contrario, que el superior debe proteger al inferior y que entre ambos debe desarrollarse una solidaridad similar a la que existe entre los hombres.”
Mas recientemente autores como Peter Singer, quién sostiene que para los animales hemos reservado una “perenne Treblinka; y Tom Regan, han tratado de fundamentar el respeto a los animales en una ética del derecho construida sobre fundamentos jusnaturalistas.
A quién  protagoniza la experiencia de ser “sujeto de una vida” se le debe atribuir un valor intrínseco y derechos morales, sea humano o no humano. El derecho fundamental que poseen todos los sujetos de una vida, es el de no ser tratados meramente como medios para los fines de otros, concluye Regan con una afirmación que puede tener amplias resonancias.
Pero en definitiva, aun cuando se pueda legislar como el príncipe Asoka (el amado por los dioses) para el bien de los hombres, de los animales y las plantas en edictos perennemente inscriptos sobre rocas y columnas, será siempre el corazón del hombre el último baluarte contra la piedad. Por eso Tolstoi, atento a este aspecto de la condición humana, reafirmó una ética de la voluntad.  “Si el hombre busca seria y sinceramente progresar hacia el bien, la primera cosa de la que se privará, será de la alimentación carnea”[…] El vegetarianismo no es solamente una lucha contra la barbarie sino el primer escaloncito de un progreso espiritual”.
R.O.Levrino/Diciembre/2013

Bibliografia de Referencia:

“Contro la caccia e il mangiar carne”  di Lev Nikolaevic Tolstoj  Ed. Isonomia, Este, (PD), 1994, pagg.85,86,87

 “La cena di Pitagora. Storia del vegetarianismo dall’antica Grecia a Internet”, Erica Joy Mannucci,  Roma, Carocci editoe, 2008.

“Autobiografia” Gandhi, Mahatma: pag. 69 Ed. Aura Barcelona 1985

 “El Primer Paso” Leon Tolstoi  se lo puede leer en: http://ia600204.us.archive.org/3/items/ElPrimerPaso-LeonTolstoi/EL_primer_paso_-_Leon_Tolstoi.pdf

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